La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Esta es una de las primeras frases de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, la primera del papa Francisco; en su extensa introducción analiza muchos aspectos pero no es mi objetivo abarcarlos todos porque eso sería plagiar el documento completo.

Como punto de partida, señala que el mundo, o mejor dicho nuestros contemporáneos, están (o estamos) aquejados de «tristeza individualista» debido a la ausencia de Dios, que nos hace comodones, avaros y buscadores enfermizos de «placeres superficiales».

Hecho el análisis, puesto el remedio: hacer hueco para Dios en nuestro interior; de ahí la llamada urgente, amable pero imperativa:

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.

De este encuentro brota la alegría, que, aún en medio de las circunstancias, a veces muy duras,  «permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo».

Y a partir de esta certeza nace la misión del cristiano: comunicar la vida que se ha recibido a los otros. No como fruto de un esfuerzo heroico sino como respuesta generosa a una llamada que nos impulsa y sostiene en nuestra misión evangelizadora. Así queda claro que Dios «nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo».

Del capítulo primero (La transformación misionera de la Iglesia), destaco dos ideas:

  •  La nueva evangelización nos llama a cada cristiano y a cada comunidad, exige una respuesta personal, iniciativa, creatividad.
  •  La misión implica conversión de cada uno y de las comunidades, vuelta a la esencia de nuestra vocación inicial de comunicadores del evangelio, de la buena nueva.

Si el cardenal Ratzinger recordaba que la verdadera revolución en la Iglesia era la de los santos, Francisco afirma que «la renovación de la Iglesia consiste en la fidelidad a la propia vocación».  Y por esa renovación pasan estructuras, métodos, manera de comunicar, prioridad de lo esencial, actitudes….

Y una afirmación que aclara la posición que ocupa la moral en el mensaje cristiano: todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor («al Dios amante que nos salva»).

Teresa García-Noblejas