Los atentados de Bruselas, llevados a cabo, en mi opinión, no solo contra Bélgica sino contra la Unión Europea, cuyas instituciones se sitúan precisamente allí, muestran de nuevo la debilidad de nuestro continente.

Una debilidad la identificamos, sin duda, en la seguridad. Lo ocurrido en Bruselas, como lo que sucedió en París en noviembre, reflejan deficiencias en términos policiales. Ciertamente no es fácil, sobre todo si los terroristas y sus colaboradores han nacido en Europa. Esta realidad también pone de manifiesto que la UE es una macroestructura económica y burocrática que sin duda ha favorecido en muchos aspectos al continente y a sus habitantes pero no ha logrado coordinar eficazmente la lucha contra el terrorismo.

Sin embargo, la debilidad más profunda afecta, en mi opinión, a la identidad europea. La encuesta publicada en España en 2014 según la cual solo un 16 % de españoles estaría dispuestos a participar en la defensa de su país me temo que es extrapolable a otros muchos estados europeos. Con esto no abogo por la militarización de la sociedad ni por el nacionalismo agresivo o excluyente pero si por una conciencia europea, compatible y armonizada con el amor a la propia patria.

El relativismo, el pensamiento débil, el individualismo y el pacifismo interesado (que nada tiene que ver con el deseo verdadero de paz) han contribuido indudablemente a forjar una Europa sin identidad y por tanto sin conciencia de pertenecer a una comunidad. Como ya ocurrió en París, los dirigentes políticos, en sus declaraciones contra el terrorismo, apelan genéricamente a nuestros valores (sin definir cuáles son), a la libertad y a la democracia, que son medios pero no constituyen fines en sí mismos.

La ausencia de una identidad europea es, sin duda, la debilidad más profunda del continente. Ciertamente, no se impondrá por decreto ni a la fuerza, desde las instituciones y los gobiernos. Estos, desde luego, pueden y deben contribuir a crear esa conciencia fomentando algo más que el amor al euro.

La forja de un alma europea, necesariamente fundada en las raíces cristianas, precisa, sobre todo, de la iniciativa personal y social. Es decir, del ser y actuación de los propios europeos.

En el conocimiento de lo que hemos sido, con sus fortalezas y debilidades, y en el afán por lo que queremos ser está el reto más decisivo del continente.

Teresa García-Noblejas