En 1950 el ministro francés Robert Schuman, profundamente católico, pronunció la Declaración que proponía la creación de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), precursora de la Comunidad Económica Europea (CEE), hoy UE. La idea era genial: se trataba de que la producción franco-alemana de carbón y acero se pusiera bajo una autoridad común a la que podrían sumarse otros países europeos.

¿Era una cuestión de eficiencia o gestión económica? No, porque en el origen de las dos guerras mundiales (que habían enfrentado a Alemania y a Francia y de paso a toda Europa y a buena parte del mundo) estaba precisamente la disputa por el carbón y el acero y los territorios donde se producían (las cuencas del Sarre y del Ruhr). De ahí que Schuman explicara su propuesta en estos términos:

Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho. La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe afectar en primer lugar a Francia y Alemania.

En definitiva, la propuesta del político francés pretendía «hacer Europa» desde un punto de vista práctico para una misión que trascendía lo económico: promover la solidaridad real entre los europeos y evitar nuevas contiendas.

Ahora que se acercan las elecciones al Parlamento Europeo, pienso que entrelazar los aspectos técnicos y los valores fundamentales de Europa (libertad, dignidad de la persona, derechos fundamentales) es una necesidad. El problema es que en la UE han pesado mucho las cuestiones técnicas mientras los valores o bien se han diluido en la burocrática maraña europea o bien están siendo agredidos por minorías activas.

La recienta aprobación de la eutanasia infantil en Bélgica o la aprobación del Informe Lunacek muestran que no solo no hemos encontrado el alma para Europa que buscaba Robert Schuman («Hablo como creyente y busco un alma para Europa») sino que directamente la hemos aniquilado.

Pero no es menos cierto que una Europa hasta ahora adormecida se está levantando. Son los miles de franceses que han salido a la calle en defensa del matrimonio natural y los derechos de los niños; los padres que se rebelan contra el adoctrinamiento escolar, las organizaciones europeas que han decidido unir sus fuerzas para prevenir la eutanasia, los ciudadanos que suscriben las alertas de CitizenGo en toda Europa y las heroicas marchas por la vida en París, Roma y Madrid. Pero eso da para otro artículo.

Teresa García-Noblejas