Quedé impactado al terminar la lectura del excelente artículo de Jaime Urcelay: Epílogo: los hijos son del Estado. Su lectura me dejó una sensación agridulce porque el natural temor que me produce el grotesco monstruo estatal quedaba, en parte, neutralizado por el hecho de que las cartas ya se van poniendo definitivamente boca arriba. Y esto último es condición necesaria para que muchos padres puedan hacer un discernimiento en pro de la Verdad. Una Verdad que, en este asunto de Educación para la Ciudadanía, hará libres a nuestros hijos.

¿Por qué gran parte del establishment de los ingenieros sociales fía la educación de los niños y jóvenes a la providencia pagana del Estado? Por muchos motivos, pero creo que hay uno fundamental: el fracaso de la razón que, cercenada desde la Ilustración, nos ha llevado a un verdadero callejón sin salida. De la mano de esta razón adulterada en situación terminal va una verdadera repulsa a la Naturaleza. Me explico. Me refiero a lo natural en cuanto cognoscible por una razón sana y no acogotada por un racionalismo que ya se bate en retirada. Pienso en lo natural como esencia de las cosas y, por supuesto, del ser humano. Que ese ser pensante es capaz de conocer lo bueno y lo malo dejando a la razón hacer su irrenunciable tarea: reconocer lo evidente primero para vivir después lo que claramente se ha descubierto como objetivamente bueno. Me refiero a que no solo hay evidencias empíricas sino también evidencias morales, y que el hombre se juega la vida en la elección libre entre el bien y el mal. Porque no vale cualquier elección. Porque si todo es igualmente verdadero y bueno, descubriríamos aterrorizados que todo sería igualmente falso y malo.

Estos jerarcas adocenados en las poltronas universitarias, en los cargos públicos y en puestos claves de la cultura oficial no confían en que la familia transmita de forma natural lo que siempre ha conocido como naturalmente bueno: Es el cáncer del relativismo y el nihilismo que mata el corazón de tantos hombres y mujeres de hoy. Y es que esta enfermedad vacía el alma de lo esencial y, en nombre de la libertad, no deja respiro ni a la mente ni al corazón. Todos iguales según el molde de la ideología impuesta por el Mátrix progre. ¿Y quién puede construir ese mundo feliz? Solo el Estado, que posee un arma irrenunciable para la consecución de tal fin: la enseñanza adoctrinadora. Quien se mueva no sale en la foto. Quien disienta es antidemocrático, homófobo, ultrarreligioso, talibán, intolerante… Solo queda un último baluarte contra el Gran Hermano opresor: la familia y la razón. Y para eso está Educación para la Ciudadanía: para destrozar a la primera desde dentro, dejando inermes a los más débiles ante un Estado encarnado en hombres y mujeres opresores y liberticidas. Para eso se impone este engendro de asignatura: para sustituir la sana y liberadora razón por el emotivismo ególatra y mentiroso que abandona cruelmente a tantas personas en las cunetas de la infelicidad y de la angustia producida por un espantoso vacío.

No hay tercera vía: o gana la libertad o gana la tiranía. Dependerá de nuestro convencimiento y coraje.

Por nosotros que no quede: in dubio, libertas.

Miguel Ángel Ortega. Artículo publicado en www.analisisdigital.com