Hace pocos días todos celebrábamos el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, el símbolo de una etapa histórica -todavía reciente- en la que la dignidad del ser humano fue despreciada hasta la más extrema crueldad, con el pretexto del beneficio para la pureza de la raza. Con la conmemoración de este aniversario la humanidad ha querido mantener la memoria de los prisioneros que fueron víctimas de semejante horror, por justicia hacia ellos y también para que nunca más pueda volver a repetirse algo parecido.

Y hace aún menos días el mundo conocía que una de las cámaras del parlamento de Gran Bretaña decidía autorizar una nueva práctica de manipulación y destrucción de embriones humanos que, sólo hipotéticamente, daría lugar a la “producción” de lo que se han llamado “bebés de tres padres” (ver en la web de Profesionales por la Ética Bebés de tres padres en Reino Unido: no todo lo técnicamente posible es ético).

Siento mucho ser aguafiestas, pero no he podido evitar relacionar estos dos acontecimientos. Y es que estoy convencido de que cuando se deja a un lado el principio de inviolabilidad de la dignidad humana, del valor de cada vida humana, ya todo es posible. Con el agravante, además, de que la técnica es hoy –afortunadamente para tantas cosas- muchísimo más poderosa que en tiempos del tristemente célebre Doctor Mengele.

A propósito de la noticia que a bombo y platillo nos llegaba de Gran Bretaña el profesor José Miguel Serrano, miembro del Comité de Bioética de España, destacaba en La Razón que “se saltan una nueva línea roja” con la coartada, como de costumbre, de una presunta intención benefactora. Merece la pena tenerlo en cuenta si de verdad nos importan el presente y el futuro de la humanidad.

Jaime Urcelay

http://jaimeurcelay.me/