Creo que la sintomatología es bastante evidente. La educación está enferma y necesitamos soluciones. Pero soluciones verdaderas, de calado, que sin dejar de atender a ninguna de las dimensiones del problema, aborden las raíces de la crisis. Nos jugamos muchísimo todos y en todos los niveles. De la educación, lo sabemos bien, depende casi todo.

Y digo también “verdaderas” porque alarma comprobar cómo algunos quieren apagar los actuales fuegos –que en algunos casos ellos mismos han contribuido a provocar- haciendo de auténticos pirómanos. Me refiero, por supuesto, a quienes insisten en el agotado camino de la fracasada LOGSE a través de la LOE, al despropósito de Educación para la Ciudadanía o a esas irresponsables y abusivas campañas gubernamentales de “educación sexual” (la reciente del “Con coco yo gozo mogollón” ha sido muy ilustrativa del concepto que nuestros gobernantes tienen de los jóvenes), que nada bueno hacen presagiar del anunciado Plan de Salud Sexual y Reproductiva y sus vertientes educativas.

¿Pero cuáles serían las líneas de una respuesta coherente a la actual crisis educativa?.

Cuatro pienso que pueden ser los grandes ejes sobre las que nuestra respuesta debe articularse.

En primer lugar, afirmar, renovar e impulsar el protagonismo de la familia en la educación. La familia es la primera y fundamental educadora y sin su compromiso y fidelidad a la misión poco puede esperarse.

Esta realidad pasa por la asunción de un compromiso real de todas las familias con la educación de sus hijos y esto requiere, ante todo, familias sanas que sean realmente “comunidades íntimas de vida y amor” en las que de manera espontánea y cotidiana, por el ejemplo de vida y el testimonio de los padres, pueda desarrollarse ese ser humano íntegro y maduro que es el objeto de toda educación.

Pero las familias necesitan ayuda en esa labor que se desarrolla en un medio complejo y muchas veces hostil. Necesitan que los padres vean reforzada su autoridad y su rol; necesitan un ambiente cultural que les permita crecer en la fidelidad y unidad; necesitan poder elegir con plena libertad y responsabilidad la escuela y el tipo de educación para sus hijos, sin intromisiones ilegítimas del Estado; necesitan formación para afrontar desafíos cada vez más complejos en campos como la educación afectivo sexual; y necesitan legislaciones y políticas públicas que respeten la propia identidad del matrimonio y la familia, que no destruyan su unidad creando cada vez más hogares desestructurados y más víctimas de la multiplicación de las rupturas matrimoniales.

En segundo término, revitalizar la escuela, que necesita también recuperar su misión e identidad. Que necesita medios y reconocimiento social; que requiere unos docentes que puedan ver plenamente desarrollada y reconocida su vocación docente; y que difícilmente puede conseguir realizar su labor sin un sistema educativo estable y asentado sobre bases pedagógicas sólidas y exigentes.

El tercer gran eje debe construirse en torno a la dimensión cultural y mediática. Ayer titulaba un diario nacional que “los niños españoles ven más tiempo la televisión que a sus profesores”.

Esto es una realidad. La televisión, internet y el mundo audiovisual son agentes educativos de primera magnitud que influyen muchísimo en el proceso educativo -o deseducativo- de nuestros hijos. Sin una labor preventiva en este terreno, de responsabilidad de todos en la utilización de los medios de comunicación y en el desarrollo de la cultura, difícilmente saldremos de la situación de emergencia educativa.

Por último, el eje político-legislativo, verdaderamente básico en la España de hoy y en todo occidente. Y esto es una responsabilidad de los políticos, desde luego, que lejos de cualquier inclinación partidista tienen que pensar en el bien común de la sociedad, que pasa por un sistema educativo sólido y estable. La llamada a un gran Pacto Escolar es aquí ineludible.

Pero la política en una sociedad democrática es responsabilidad de todos, es una responsabilidad de la ciudadanía, a cuyo servicio están el Estado y el poder político.

Particularmente importante para esta acción por el bien común a través de la política es que consigamos, como pedía Cantalamesa en la inauguración del todavía reciente Encuentro Mundial de las Familias, “familias unidas para que cambien las leyes, no al revés”. Y para esta labor puede ser vital lo que acaba de recordarnos el sociólogo Victor Pérez Díaz: que los padres nos demos cuenta de la importancia que tenemos como grupo.

Jaime Urcelay