DardoSon muchos y muy graves los problemas que hoy afectan a España, pero ninguno tiene tanta profundidad ni se proyecta con tanta fuerza sobre nuestro futuro como el de la educación en sentido amplio. Todo -o casi todo- pasa por la educación.

Los síntomas de la emergencia educativa son hoy evidentes en todas las dimensiones: libertad de educar; transmisión de significados, valores y virtudes; adquisición de conocimientos; cultura del aprendizaje y el esfuerzo; rendimiento escolar… Las soluciones no son fáciles ni inmediatas, pero es casi imposible acertar si nos empeñamos en cerrar los ojos y eludir un diagnóstico que apunte a las causas reales del problema al que debemos enfrentarnos como prioridad social.

En los últimos días, Teodoro González Ballesteros (Catedrático de Derecho Constitucional), en un artículo titulado «Educación y crisis social» (ABC, o3/02/2011), y Benigno Blanco (Presidente del Foro de la Familia), en el artículo «El relativismo no puede educar» (Padres y Colegios, 03/02/2011), han apuntado con claridad algunas de las claves fundamentales para avanzar, de una vez por todas, en un diagnóstico serio y coherente del actual colapso de la educación.

Dado su interés para el actual debate sobre  la educación en España reproducimos seguidamente ambos artículos.

Leer también el artículo de José Luis García Garrido (Catedrático de Educación Comparada) «Abandono escolar y paro: una amarga coincidencia» (Páginas Digital, 07/02/2011).

EDUCACIÓN Y CRISIS SOCIAL

Teodoro González Ballesteros

(ABC, 03/02/2011)

LA crisis de la sociedad nace con el deterioro de la educación, savia que nutre el desarrollo personal y social de todo ser humano, y cuando quienes la conforman carecen de ella, son en su mayoría un conjunto de semovientes áulicos, se convierte en una colectividad doméstica y funambulera. El bosque lo forman los árboles, no las zarzas y los matorrales. Decía Herbert Spencer que «el objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás» (Education: intellectual, moral, and physical.1861). En lenguaje usual del término, la educación no consiste solo en desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales de la persona, del niño o del joven mediante la transmisión y adquisición de los fundamentos necesarios para la existencia de una convivencia próspera y pacífica, sino también la enseñanza y en general la cultura del aprendizaje. El asumir y profesar sin discriminación el respeto y consideración al semejante, la solidaridad, la responsabilidad, la sinceridad o la dignidad y la honradez, constituye los valores y principios necesarios para el progreso de cualquier sociedad civilizada. Lo contrario es la ignorancia y la incultura, y como resultado el enfrentamiento social, el odio, la envidia y el analfabetismo funcional que tienen como única meta la supervivencia doméstica a cualquier precio y bajo el sistema hipotecario que proceda. Y sin árboles no hay bosque.

Conocido, en orden a sus resultados, el desastre que hoy, en general, representa la educación en España, es un fraude social, como suelen hacer los representantes de los poderes públicos, limitarse a dar un salto anunciando soluciones que obvian las causas a través de las cuales se ha llegado a esta situación, cuyos perjudicados son los menores, los jóvenes y la sociedad en la que se incardinan. En lo que hace a la autoría del desastre, los responsables siempre son los otros. La escuela culpa a la familia, la familia a la escuela, y todos al Estado, a los efectos incorpóreo ente de ficción que no se conoce por dónde habita, y este, Gobierno, a la sociedad. Mientras tanto, y a modo de ejemplo, aumenta el índice de delincuencia entre los menores; en materia de enseñanza preuniversitaria España ocupa el puesto 25 entre los 33 países miembros de la OCDE (Informe PISA-2009); los jóvenes en edad de votar abdican de su responsabilidad pública, como se demuestra por su baja participación electoral; se multiplican las agresiones físicas y morales de hijos a padres; y se extienden la «cultura del botellón» y lo que ello acarrea. Después, los que llegan a la Universidad se encuentran con unas enseñanzas descafeinadas por la implantación del mal llamado «Plan Bolonia» y sus desaciertos, con un profesorado carente de motivación, y el desolador panorama de una titulación que ya no les garantizará un trabajo.

En el aspecto estricto de las antes llamadas «enseñanzas medias» la bajada de la calidad, aplicando los indicadores del Informe PISA, es consecuencia de la caótica Logse (Ley orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo) vigente desde el año 1990, que vino a derogar la LODE (Ley orgánica reguladora del Derecho a la Educación) de 1985. El llamado «efecto Logse» pivota sobre tres cuestiones fundamentales: la descentralización educativa (cada comunidad autónoma puede promulgar, y de hecho ya ha sucedido, su propia ley de educación a medida de su conveniencia política); la ideologización de las enseñanzas, y la bajada en el nivel de exigencia para superar curso. Después, y también por el Gobierno socialista, se promulgaría la Lopeg (Ley orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los centros docentes) en 1995; la LOCE (Ley orgánica de Calidad de la Enseñanza) en 2002 por el Gobierno popular; y, la última por ahora, en 2004 la LOE (Ley orgánica de la Educación). Esta dictadura legislativa ha originado, como no podría ser de otra forma, un incoherente y desconcertante desarrollo sobre el contenido y aplicación de las enseñanzas. Caos que se acrecienta con las leyes promulgadas por las comunidades autónomas en el ámbito de sus respectivas competencias. Resultado de esta demencia normativa: abandono escolar, fracaso del sistema educativo y lo que es indudablemente mucho más grave desde el punto de vista social, unos jóvenes sin la preparación suficiente para incorporarse al mercado laboral o a cualquier otra actividad parecida. De esta situación de engaño y fraude puede echarse la culpa a quien se deje, incluidos la inmigración o el hombre del tiempo, pero los responsables son los poderes públicos, por orden y en su orden.

La familia, el ámbito familiar, como órgano básico de la sociedad, tiene una gran parte de responsabilidad en la educación, crianza y desarrollo físico, psíquico y moral de los hijos. La falta de dedicación para compartir y prever su formación, en unos casos, y el desarraigo y su desestructuración en otros, traducidos en una culpabilidad redentora con regalos, agasajos y complacencias, han provocado el efecto perverso de convertirlos en el eje sobre el que gira el contexto familiar. En los años ochenta la dejadez y permisividad de los padres se reflejó en que la televisión educaba a sus hijos. En el presente siglo estamos en la era de la tecnología usable y desechable, internet, telefonía móvil y añadidos. Hoy los vástagos, desde temprana edad y según los casos, disponen de un desarrollo vital independiente que circula por las vías de tales instrumentos y de sus controladores, mientras los padres, con una ignorancia sobrevenida fruto de la irresponsabilidad, desconocen qué hacen los hijos, amistades, entretenimientos, diversiones y un largo etcétera. Y cuando surge el problema ya es tarde para solucionarlo.

En el campo del derecho el absurdo se ha codificado. Dos ejemplos: el Código Civil, al tratar de las relaciones paterno-filiales, entre otras cuestiones disponía en su art. 154 que «podrán también (los padres) corregir razonable y moderadamente a los hijos». La frase fue suprimida por la Ley 54/2007, de 28 de diciembre. Es decir, hoy «corregir razonable y moderadamente» a un hijo puede acarrear la pérdida de la patria potestad, cuando no ser objeto de una sanción penal. Otro disparate: la mujer de 16 o 17 años puede, actuando como una mayor de edad, consentir la interrupción de su embarazo en los términos fijados por la ley orgánica 2/2010, de 3 de marzo. Si una mujer se produjere un aborto o consintiere que otra persona se lo cause, fuera de los casos permitidos por la ley, será enjuiciada con arreglo al Código Penal (art. 145.2). Pero ¿qué sucede si tiene 16 o 17 años?, que deberá ser tratada como lo que es, una menor de edad, y se le aplicará la ley orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores. Mayor de edad para interrumpir su embarazo, y menor, en su caso, para abortar.

Y se podría continuar con el corrupto y poco ejemplarizante lenguaje basura, ya sea este el vejatorio y descalificador que los políticos exteriorizan como argumento en sus descalificaciones públicas del adversario o el insultante y envilecedor que algunas televisiones utilizan como espectáculo. La relación sería larga y copiosa.

La educación, la enseñanza y la cultura son el origen y fundamento de la libertad del hombre y de la sociedad. Y toda sociedad inculta y en crisis es terreno abonado para ser dominada y manipulada.

http://www.abc.es/20110203/latercera/abcp-educacion-crisis-social-20110203.html

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EL RELATIVISMO NO PUEDE EDUCAR

Benigno Blanco

(Padres y Colegios, 03/02/2011)

Quien pretenda educar tiene que aclararse antes sobre en qué consiste ser buena persona, pues solo así podrá saber en qué quiere que se convierta el educando, solo así sabrá hacia dónde orientar el proceso educativo. Y hoy día hay muchos adultos –padres, profesores– que no se aclaran sobre en qué consiste ser buena persona y por eso no pueden educar por mucha buena intención que pongan en el intento. Educar exige como presupuesto, como condición sine qua non, tener razonablemente claro qué cosas son buenas y malas, qué hace al educando bueno o malo. Por eso el relativismo es un impedimento absoluto para la educación; en el relativismo es imposible educar.

La mayor dificultad para educar hoy es la pandemia relativista que lleva a muchos a no aclarase sobre qué es una buena persona. Quien no tiene un proyecto de persona buena no puede ayudar al niño y orientarle para llegar a ser buena persona que es en lo que consiste educar: ayudar al niño a extraer todo el potencial de bien y verdad que lleva dentro. El problema específico y singular que existe hoy para educar no está en los niños; está en los adultos que se han dejado dominar por el relativismo moral y lo transmiten a los educandos.

¡Cuántos niños de hoy no saben que existen cosas buenas y malas, que hay cosas que les hacen buenos y otras que les hacen malos y que podemos distinguir con razonable precisión y certeza unas y otras! Y no lo saben porque nadie nunca se lo ha dicho. Tales niños no pueden ser buenos pues ser bueno consiste en enamorarse del bien; y para enamorarse del bien hay que conocerlo previamente; y para conocerlo alguien tiene que mostrarlo. En esto consiste la educación: en mostrar el bien haciéndolo atractivo, deseable, digno de esfuerzo; es decir, en algo que resulta materialmente imposible para el relativista.

Esta es precisamente la esencia de la educación: transmitir valores y hacer atractiva la virtud; poner delante del niño lo bueno, un proyecto ilusionante de ser humano, mostrarle en qué consiste ser bueno y animarle a intentar serlo. Para hacer bien eso basta con saber qué cosas son buenas y qué cosas son malas. En definitiva, educar es bastante fácil si uno sabe en qué consiste ser buena persona; y es muy difícil o imposible si uno no se aclara al respecto.

Educar a un niño, abrirle al mundo de los valores, encariñarle con el bien de que es capaz, exige animarle a mirar con cariño lo bueno existente en la realidad de las cosas; ayudarle a mirarse a sí mismo y descubrir la dignidad que tiene; ayudarle a aprender que si quiere ser feliz y llevar una vida plena no puede hacer cualquier cosa con su cuerpo; ayudarle a observar a los demás y ver todo el bien que hay en ellos y que por tanto debe cuidarlos, respetarlos y quererlos; ayudarle a contemplar la realidad que le rodea y descubrir que es buena y, por tanto, digna de respeto.

¿Cómo educamos? Con cariño, con ejemplo y con palabras. Educar es convivir amando; si queremos a los que tenemos a nuestro lado utilizaremos casi inconcientemente el gran medio que tenemos lo seres humanos para influir en los demás —en nuestros hijos, en nuestros amigos y en la sociedad en su conjunto—, que es mostrarles con nuestro ejemplo y nuestra palabra qué es valioso, qué merece la pena. Educar consiste en mostrar con la propia conducta el bien posible y en hablar con cariño de lo bueno y valioso, haciéndolo así atractivo y deseable para el educando.

Educar eficazmente exige hablar mucho con los educandos desde muy pequeños y siempre bien de las cosas buenas. Según van creciendo, es fundamental que esa palabra con que les hablamos bien de las cosas buenas la vean ratificada en los hechos de nuestra vida y que nos vean felices viviendo conforme a los criterios que les enseñamos. En la adolescencia es especialmente necesario que la teoría vaya acompañada del testimonio de vidas plenas y felices: nuestra propia vida puede hacer atractivos o sospechosos los valores que queremos transmitir a nuestros hijos o alumnos. ¿Cómo transmitimos valores? Hablando bien de las cosas buenas y, en la medida de lo posible, mostrándolas hechas vida en nosotros mismos.

Así iremos formando a nuestros hijos y alumnos en el amor al bien, les haremos apreciar los valores positivos como algo deseable y digno de ser perseguido, les ayudaremos a llevar consigo su propio ambiente y a no dejarse arrastrar por el que encuentren en la calle. Tenemos que formar en ellos personalidades fuertes. No podemos tener miedo a la libertad de nuestros hijos y alumnos; tenemos que amar su libertad y reforzársela dándoles criterio, ayudándolos desde pequeñitos a asumir su libertad y responsabilidad, a elegir, a optar, porque eso será lo que irá creando el hábito de decantarse por lo mejor, por lo valioso. Y sin escandalizarnos ni abatirnos si se equivocan una o muchas veces; de los errores también se aprende cuando las ideas están claras.

Para transmitir valores, para educar, lo primero que hay que hacer es superar el relativismo. Esa es la gran obligación nuestra como padres, como profesores y como ciudadanos responsables: saber cuál es el modelo ideal de persona que tenemos que poner delante de las nuevas generaciones, aclararnos sobre lo que queremos transmitirles. Si renunciamos a priori a transmitir una idea clara sobre en qué consiste ser buena persona les privamos del derecho a intentar ser buenas personas y, por tanto, renunciamos a educar.

http://www.padresycolegios.com/noticia/2658/OPINI%C3%93N/relativismo-puede-educar.html