No puede negarse que los resultados de las elecciones europeas han removido el panorama político de nuestro continente y, por supuesto, también el de España. Una sacudida que admite valoraciones de todo tipo, tal y como puede comprobarse a nada que se siga la actualidad o se preste un mínimo de atención a los múltiples análisis que desde la noche del pasado domingo inundan los periódicos, las televisiones y radios y, no digamos, las redes sociales.

En medio de semejante bullir, en el que -desde muy diferentes puntos de vista- quizá predomine una cierta alarma, tan solo quiero fijarme en uno de los aspectos que me parecen más rescatables de estos resultados, sin ánimo, por supuesto, de restar gravedad a las amenazas para el bien común que con estas elecciones han emergido de manera explícita.

El aspecto al que quiero referirme es el despertar del sopor monocorde de la política española de las últimas décadas, en las que los partidos políticos hegemónicos han copado, hasta límites inverosímiles, la vida pública española en prácticamente todas sus esferas, asfixiando de manera blanda espacios de libertad real de una sociedad resignada a un modelo de democracia formal. Un modelo blindado en el que la participación popular o la separación de poderes son, en virtud de diferentes mecanismos, una quimera.

Los resultados serán o no extrapolables a otras elecciones nacionales, en una apreciación puramente mecanicista del funcionamiento del sistema electoral y en una perspectiva de poder a corto plazo, que es lo único que a algunos parece importarle. Pero lo que no cabe duda es que los datos, los hechos, están ahí en toda su significación.

Datos y hechos

Y es que, por mucho que se empeñen, hay realidades que no pueden esconderse debajo de la alfombra. Mirando tan sólo el caso de España, son incontestables la alta abstención –por más que no supere la de anteriores elecciones europeas-; la «humillante» sangría de votos de los arrogantes partidos que vienen turnándose en el poder, con todo su inmenso tinglado, desde 1982; la ascensión de la izquierda y el secesionismo más radicales; la consolidación de nuevos partidos emergentes, como UPyD y C’s; y, de manera particular, la espectacular irrupción, casi de la noche a la mañana y sin los indispensables recursos para penetrar en el endogámico sistema político español, de una opción –Podemos- capaz de aglutinar desde las posiciones más extremistas y demagógicas a un descontento social de contornos culturales y políticos poco claros.

¿Por qué creo que todo esto puede llegar a ser positivo? Sencillamente porque nos hace mucha falta poner fin a este cerrado ciclo político que hace tiempo que no da más de sí y que, en alguna medida, condiciona toda nuestra vida como personas y como comunidad. La crisis económica y financiera fue una excelente oportunidad para que se abriese un proceso regenerador, pero los «dueños» del todopoderoso «sistema» consiguieron eludirlo hábilmente. Ahora quizá estemos ante una segunda oportunidad de oxigenar el aire gastado y soporífero de la vida pública española, del que tan claramente se han beneficiado los poderes económicos y el monopolio cultural de la izquierda, sistemáticamente validado por la acomplejada esterilidad cultural de los sucesivos gobiernos del PP.

El riesgo del colapso…y lo que podemos hacer

No se me escapa, evidentemente, que esta «apertura» del sistema va a beneficiar a corto plazo al pujante relativismo, a la izquierda más «estatista» y «tragacuras» y a quienes pretenden romper la unidad de la nación española. Es lo que pasa cuando los «bienpensantes» abandonan el terreno de los valores y la cultura y piensan, en el fondo, que el ser humano solo ha nacido para el bienestar material. Pero sea por lo que sea, el riesgo de inicio de una etapa convulsa es patente.

Pero, «sin bajar la guardia», prefiero ver el futuro en términos de desafío y oportunidad. Claro que esto nos tiene que pillar trabajando a quienes aspiramos a construir una España libre y solidaria, en la que el valor central sea la dignidad de cada persona -hecha a imagen y semejanza de Dios-.

Lo que significa, antes de nada, aprender de los errores del pasado a partir de una sana –y severa- autocrítica; renovarnos a fondo y salir de nuestro propio sopor, de nuestra inercia en las ideas, actitudes y herramientas; dejar de mirarnos sistemáticamente al ombligo; superar las divisiones y no confundirnos en lo sucesivo de «enemigo», procurando siempre buscar más lo que los une que lo que nos separa, sin actitudes exclusivistas y, menos aún, cainitas; y, por supuesto, poniendo la mano en el arado para trabajar de forma perseverante en el árido campo del día a día con la perspectiva de la futura cosecha, con inteligencia y a la vez con coraje, sin componendas y a la vez sin intransigencias absurdas…

Si vamos haciendo todo esto y además ponemos de verdad nuestra confianza en el Espíritu, para quien «nada es imposible», estoy convencido de que estas elecciones europeas pueden haber abierto una etapa política de verdadera esperanza.

Jaime Urcelay

http://jaimeurcelay.me/