El ser humano es una mezcla indisoluble de su ser biológico y su ser cultural. La mejor imagen de esta realidad es un animal con los pies anclados en una tortuga, su evolución biológica, y la cabeza atada a una liebre, su evolución cultural.

Nuestra realidad biológica nos ata a un cuerpo que evoluciona con exasperante lentitud mientras que nuestra evolución cultural, en los 200 últimos años, nos ha llevado tan lejos que, los pies en la tortuga y la cabeza en la liebre, nos suponen unos enormes problemas de equilibrio que, si no resolvemos en cada momento, sólo nos trae infelicidad.

No podemos negar que nuestra parte biológica nos afecta puesto que somos nuestro cuerpo. Estamos anclados, nos guste o no, a un cuerpo que ha evolucionado durante millones de años y ha buscado o potenciado las estrategias evolutivas que le facilitaban su supervivencia: la supervivencia como especie o, según los genetistas, la transmisión de los propios genes.

Es evidente que la reproducción sexuada suponía unas grandes ventajas respecto a la asexuada, entre otras la mejora por combinación de genes y la posibilidad de mutaciones beneficiosas. La supervivencia demostró que la implicación de dos individuos facilitaba la supervivencia de la prole y que la especialización de los seres sexuados también era beneficiosa: por explicarlo de otra manera, las hembras más sedentarias tenían más probabilidades de llevar a término sus embarazos y su menor agresividad las preservaba vivas, lo que era una ventaja evolutiva para sus embriones  y las crías ya nacidas, que tenían así su protección y la lactancia asegurada. Si esas hembras contaban con machos más agresivos y menos reflexivos que defendieran la prole y que buscaran alimento, sus posibilidades de supervivencia eran mucho mayores.

La evolución acabó dando prioridad de supervivencia a las hembras sedentarias y a los machos agresivos a través de los genes que sobrevivían en los descendientes.

Era lógico que la naturaleza, que en cuestión de supervivencia no se anda con tonterías, preservara con comportamientos más conservadores, sedentarios y reflexivos al ser más valioso, las hembras, puesto que con su muerte se pierden los posibles embriones y las crías lactantes, y sacrificara a los menos valiosos machos en labores de defensa y caza dotándole de comportamientos más agresivos, más irreflexivos, más temerarios y más competitivos, así como mayor fuerza física y envergadura. Las hembras, más débiles, con mayor anchura de cadera y mayor laxitud articular para facilitar el paso del feto en el parto, lo que les hacía estar menos adaptadas a determinados esfuerzos físicos estaban, en cambio, perfectamente adaptadas para la maternidad. No creo que haga falta decir que la valoración de hombres y mujeres como más o menos valiosos se hace desde el punto de vista de la supervivencia de la especie y los genes, nunca desde su dignidad o derechos.

Millones de años después, cuando veo a mis alumnas sentadas hablando,  mientras sus compañeros compiten con dureza por dar golpes a un balón, simplemente veo a sus seres biológicos actuar de la forma que ha preservado a nuestra especie hasta hoy.

Cuando mis alumnas, obligadas a jugar al fútbol, se cubren la cara y el cuerpo para no recibir el balonazo mientras sus compañeros reciben el impacto con los brazos abiertos y el cuerpo desprotegido, veo las hormonas regando su cerebro de progesterona y testosterona respectivamente, haciéndoles comportarse instintivamente como a la naturaleza, a la biología, le ha sido más rentable para que los genes humanos más idóneos sobrevivan.

Y, de repente, llega la ideología de género, la negación total de la base biológica, la cabeza de la liebre, tratando de huir de los pies de tortuga donde se asienta.

Al grito de «somos lo que educativamente y culturalmente queramos ser», «nos educaron distinto y por eso actuamos y pensamos distinto» y «somos y queremos ser iguales, eliminemos las diferencias» la mujer que estaba en el lugar que le correspondía por fin, igual al hombre en derechos y dignidad, ha pasado a tener que ser un hombre, asumir comportamientos de riesgo, ser competitiva, despreciar cualquier cosa que le impida ser un hombre y, en especial, su gran lacra: la maternidad.

Supongo, por ello, que la constatación y la aceptación de que la función biológica de la mujer, su rol vital en la evolución, para la que está perfectamente acondicionada tanto en su anatomía, su fisiología, sus procesos cerebrales y sus comportamientos instintivos es la maternidad, no es algo fácilmente asimilable por algunos, pero sí es fácilmente demostrable.

Sin embargo, actualmente, los comportamientos femeninos han pasado a ser únicamente taras culturales, roles inculcados, jamás una elección personal o una actuación con bases biológicas. No se trata de afirmar que sea una obligación personal para las mujeres actuales el ser madres, pero entender todo esto puede ayudar a la verdadera mujer, no a la construida socialmente, a situarse en el mundo, a comprenderse, a ser comprendida, y a elegir libremente, entendiendo su origen, su función y sus deseos.

En deporte esta igualdad impuesta se ha enfocado en estupideces como tratar de que hubiera igual número de equipos masculinos y femeninos en deportes de gusto masculino como el fútbol, achacando la diferencia de participación a los estereotipos culturales inculcados, a los prejuicios sociales … jamás a algo tan evidente como los gustos e intereses diferentes. Nunca oí yo que, en aras de la igualdad, se tratara de equiparar el número de chicos que practicaran aerobic, ballet,  o natación sincronizada, al de chicas.

La igualdad consiste en que las mujeres traten de ser «hombrecillos incompletos» y en valorar, como buenos, los comportamientos y gustos masculinos.

Quizá educando de forma totalitaria y absorbente a las mujeres para que actúen como hombres, proscribiendo socialmente sus instintos hasta hacer que se avergüencen de ellos, se consiga algo pero, desde luego, difícilmente que sean felices.

Cada paso de la liebre que la aleja de sus pies de tortuga, esos que trata de eliminar, sólo producirá desconcierto y dolor en un animal complejo cuya estabilidad pasa por no olvidar partes de su propio ser en esa huída hacia adelante.

Alicia V. Rubio Calle