El Papa Francisco se reunió el viernes 20 de septiembre con representantes de la Federación Internacional de las Asociaciones de Médicos Católicos. El encuentro, muy al estilo del pontífice argentino, no ha tenido desperdicio. He aquí una síntesis temática:

•    Niños y ancianos. Todo niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo, tiene el rostro del Señor, que antes incluso de nacer y luego apenas nacido ha experimentado el rechazo del mundo. Y todo anciano incluso si está enfermo o al final de sus días, porta en sí el rostro de Cristo. ¡No se pueden descartar, como nos propone la ‘cultura del descarte’! ¡No se pueden descartar!

•    La misión de los médicos: ustedes son llamados a ocuparse de la vida humana en su fase inicial, recuerden a todos, con hechos y palabras, que esta es siempre, en todas sus fases y todas las edades, sagrada y siempre de calidad. ¡Y no por un discurso de fe –no, no– sino de razón, de ciencia!

Sin embargo y de otra parte, vemos también el peligro de que el médico olvide su propia identidad de servidor de la vida. La desorientación cultural ha atacado también algo que parecía un ámbito inatacable, ¡el vuestro, la medicina! Por su naturaleza al servicio de la vida, las profesiones sanitarias son inducidas a veces a no respetar la vida misma.

•    Sacralidad de la vida. No existe una vida humana más sagrada que otra, como no existe una vida humana cualitativamente más significativa que otra. La credibilidad de un sistema sanitario no es medida solo para la eficiencia, sino sobre todo para la atención y el amor hacia las personas, cuya vida siempre es sagrada e inviolable.

Las cosas tienen un precio y se pueden vender, pero las personas tienen una dignidad, valen más que las cosas y no tienen precio. Muchas veces nos encontramos ante situaciones donde vemos que lo que menos cuesta es la vida. Por esto la atención a la vida humana en su totalidad se ha convertido en los últimos tiempos en una verdadera prioridad del Magisterio de la Iglesia, particularmente a aquella mayormente indefensa, es decir los que tienen discapacidad, los enfermos, el nascituro, el niño, el anciano, que es la vida más indefensa.

•    Cultura de la vida. la apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social.

•    Cultura de la muerte. Una difundida mentalidad de lo útil, de la ‘cultura del descarte’, que hoy esclaviza los corazones y las inteligencias de tantos, tiene un altísimo costo: exige eliminar seres humanos, sobre todo si física o socialmente son más débiles. Nuestra respuesta a esta mentalidad es un ‘sí’ decidido y sin vacilaciones a la vida. ‘El primer derecho de una persona humana es su vida.

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