En la noche del 2 al 3 de Julio de 1801 la Real Armada pierde a dos de sus mejores barcos en el estrecho de Gibraltar: los navíos de tres puentes Real Carlos y San Hemenegildo.

De noche, con la visibilidad muy limitada, el buque inglés Superb disparó con su batería de estribor a la aleta de babor del San Hermenegildo y, tras el ataque, abandonó la posición. Los del San Hermenegildo respondieron a ciegas por la banda de babor, impactando en el Real Carlos que navegaba en esa posición.

Ante la sorpresa, la falta de visibilidad y la urgencia de defenderse se entabló un cañoneo de efecto mortífero entre los dos buques. Las andanadas produjeron diversos desperfectos e incendios y ambos acabaron explotando en medio del océano. El Superb no sufrió un rasguño mientras adivinaba, entre las sombras, el desastre de los barcos españoles. Murieron 1700 hombres, todos españoles, unos a manos de otros.

No puedo evitar que este episodio me recuerde a la relación entre diversos grupos que, defendiendo las mismas ideas y perteneciendo a la misma armada, ante la sorpresa, la falta de visibilidad y la urgencia de defenderse de un enemigo externo, se lían a cañonazos entre ellos terminando por hundir los barcos mientras el verdadero enemigo, el Superb que lanzó los primeros cañonazos, se ríe viendo como es más fácil hundir la armada española dejando que se cañoneen entre ellos que entrando a la batalla frontal. Y a buen entendedor, pocas palabras bastan. No hay mayor alegría para el contrincante que ver a los contrarios naufragando por reyertas internas. Ni mayor error para una flota que no poder, o no saber ver, de dónde procede el ataque, perder de vista al enemigo y arremeter contra las propias naves.

Dos navíos hundidos y 1700 hombres muertos cuando lo que se avecinaba era la batalla de Trafalgar y la Guerra de la Independencia. Justo cuando más falta nos hacían.

Por la unión sin fisuras de la flota por la vida, la dignidad humana, la libertad y los derechos fundamentales.

Alicia V. Rubio Calle