Me gusta leer la prensa por Internet porque así accedo a los comentarios de los lectores. Estas  intervenciones, libres y espontáneas, acaban siendo para mi un prisma que descompone la noticia y le da diversos colores, cien visiones, mil interpretaciones de un mismo asunto.

Hace unos días leía la noticia de una familia que renunciaba a su futuro laboral porque suponía la cuarta inmersión lingüística de su hijo.

Los padres habían tenido que trasladarse a Valencia, Baleares y Barcelona.

Ahora, ante la posibilidad de trabajar en Vigo y que el niño se enfrentara a su cuarta «inmersión» y al más que probable fracaso escolar, habían decidido renunciar al empleo.

Una semana antes, aparecía la noticia de que una madre, cuyo hijo tenía problemas de aprendizaje que la inmersión agravaba, se desesperaba tratando de conseguir una escolarización en el idioma común de todos los españoles y lengua materna de su hijo. Sin éxito, naturalmente. El nacionalismo no puede permitirse flaquezas con los débiles.

Los comentarios, en ambos casos iban desde lo ilógico de que en un país se pongan ese tipo de trabas a la movilidad y lo antipedagógico de enseñar en lenguas regionales a niños castellanohablantes, hasta la apelación al derecho y deber constitucional de utilizar y conocer la lengua común; desde la comprensión a los padres, hasta la acusación de negligencia para un gobierno con mayoría que permite el flagrante incumplimiento de, según qué leyes, por según qué delincuentes.

Como en todas las noticias que implican poner en evidencia los abusos nacionalistas, había una batería de comentarios beligerantes que comenzaban ridiculizando a esos padres, seguían avisándoles de que «lo tenían que asumir y más que va a venir» y, posteriormente, les insultaban por quejarse de la libertad de los pueblos a utilizar (e imponer) sus lenguas y les acusaban de mentirosos, de inventarse el problema, de vendidos a los intereses «españolazos». Entre  medias, tenían tiempo para increpar e insultar a los comentaristas que no estaban de acuerdo hasta terminar con cualquier argumento en contra de la inmersión sin piedad a todos los niños que asomaran sus narices por el paraíso nacionalista, sin olvidar apelar a agravios antiguos, a la imposición del español «a sangre y fuego» en tiempos más o menos remotos y el derecho a la venganza de un pueblo oprimido.

Si les digo la verdad, aunque es posible que sean simples entusiastas del nacionalismo- dictadura, a veces me parece, por su beligerancia, su empeño en minimizar el caso y acallar las voces discrepantes y el tiempo que pueden dedicar a  hacerlo, que son  gente contratada por quienes sacan tajada de todo este cuento, para evitar el debate y la queja y desmentir por las bravas los hechos, cada vez más evidentes, de que en algunos lugares de España, los nacionalismos germinan sobre imposiciones y merma de derechos individuales. Porque la nación ha de anteponerse al individuo.

Y si el individuo es un niño, pues que se jorobe, que es castellano hablante, un maketo, un charnego… Nadie.

Y esos pobres «nadies», se dice, presentan unos índices de fracaso escolar en los paraísos nacionalistas que sonrojarían a cualquiera con capacidad de avergonzarse. «Se dice» porque, donde se subvenciona hasta el estudio de la lenteja mozambiqueña, no se estudia e investiga sobre las consecuencias del estudio obligatorio de miles de niños hispanohablantes en lenguas regionales, tan respetables como minoritarias, tan cooficiales como el idioma común: el español.

Y así, estos daños colaterales de un proceso de creación de una falsa identidad nacional, de una falsa historia, de unos falsos héroes independentistas, de unas falsas tradiciones, de una lengua única a base de imposiciones inadmisibles en un estado de derecho, se van sumando como muescas en el revolver de quienes toleran, ejecutan, defienden y justifican la mentira, la coacción, la imposición y el incumplimiento de las leyes.

En definitiva, una se pregunta si vale la pena un proyecto de país que ha de basarse en todo tipo de «daños colaterales», si el fin justifica los medios o los medios degradan el fin hasta  hacerlo despreciable como una moneda falsa.

El definitiva, una se pregunta si todos eso daños colaterales de alumnos fracasando en sus estudios, de familias a las que la Constitución española no ampara, de idiomas con derechos frente a los derechos de los ciudadanos, de esos niños aprendiendo mentiras históricas, de contertulios agresivos que no admiten la disidencia y utilizan la mentira y la difamación… son buenos cimientos para crear un país o reflejan una necesidad de hacer real una falsa quimera. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Montesquieu habrá muerto en España, pero Maquiavelo goza de una salud envidiable.

Alicia V. Rubio Calle