La transición democrática se asentó sobre un bipartidismo gestado en gran medida, según decían mis mayores, por D. Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular (predecesora del Partido Popular), antiguo embajador en Gran Bretaña (donde conservadores y laboristas se alternaban en el Gobierno) y gran admirador de Cánovas del Castillo. Este último había sido el artífice de la Restauración, el sistema político que proporcionó a España una cierta estabilidad en el último cuarto del convulso siglo XIX. En la Restauración dos partidos se repartían (con métodos poco democráticos pero aceptados) el poder.

Con matices, Fraga y los ideólogos de la Transición  quisieron aprender de la Restauración para proporcionar a España un período de estabilidad  en el último tercio del siglo XX. Y así, PSOE y PP se han ido alternando en el poder con un contrapeso y juego de equilibrios de los nacionalismos catalán, vasco e incluso canario.

Ahora las cosas cambian. Los comunistas reconvertidos a Izquierda Unida han estado ahí siempre, con más poder local y autonómico que nacional. En el País Vasco la situación es trágica, con los herederos de Batasuna y cómplices de ETA gobernando en multitud de ayuntamientos y los moderados del PNV aplaudiéndoles las «gracias». En Cataluña, los partidos clásicos están en crisis mientras emerge Ciudadanos. En ambos casos, País Vasco y Cataluña, el PP ha ido perdiendo votos.  UPyD, por su parte, parece que tiene un techo; bien por problemas internos y de personalismo, bien porque su discurso nacional atrae votos de centro-derecha pero su radicalismo izquierdista y rancio nos espanta a muchos.

Luego están partidos como SAIN, de fuerte raíz social cristiana y radicalmente anticapitalista; AES, que se autodefine como alternativa social cristiana y, desde hoy, VOX, que pretende sumar a los descontentos con el PP enarbolando banderas como la regeneración democrática, el combate al terrorismo  y la unidad de España. Los dos primeros partidos (a los que concedo su mérito, ojo) no han sido una amenaza real (en términos electorales)  para el resto de los partidos, al menos hasta ahora. Intuyo que VOX, a quien los medios le están dando cierta difusión, si preocupa al partido en el Gobierno. Si algo tuviera que decirles a Abascal y los suyos es que, además de buscar su hueco electoral, gestionen bien la nueva formación política y elijan con lupa a sus cuadros dirigentes; les van a intentar dividir y neutralizar desde fuera, desde dentro y más desde la derecha que desde la izquierda.

Y a todos, juego limpio, comunicar bien las propias propuestas, honradez personal y renuncia a atacar al de al lado como único argumento electoral. La política como búsqueda del bien común es apasionante pero como intercambio de intereses y cuchilladas es vomitiva. Quizá por eso a los jóvenes no les atrae la política.

Teresa García-Noblejas