Como decíamos ayer, uno de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo es la ausencia de líderes; o si lo prefieren, dirigentes, gobernantes,  personas responsables y servidoras de otros en las pequeñas comunidades humanas (familias, empresas, asociaciones, municipios) y en las grande (estados, sociedades). Si en la primera entrega citábamos las 5 primeras cualidades del jefe, en el lenguaje sabio y formal del abad Courtois, hoy nos referiremos a las 3 siguientes:

  • Calma y dominio de sí mismo. No hay lugar para líderes nerviosos o irritables que se dejen llevar por las pasiones o por las circunstancias. El dirigente es aquel en quién ponen sus miradas y confianza muchas personas; si vacila o se acobarda, siembra el pánico en su equipo. Sosiego, tranquilidad, seguridad y firmeza aún en medio del peligro y la incertidumbre. Y para ello, saber descansar, enriquecerse humana, intelectual y espiritualmente. Ser discreto y sobrio y no dar lugar ni hacerse eco de chismorreos ni palabras vanas. No mentir, no exagerar, infundir valor y ánimo son cualidades de un patrón de barco y de un general antes de la batalla pero valen para cualquier persona que desempeñe un cargo.
  • Sentido de la realidad. Tener grandes ideales, aspirar a metas ambiciosas, es esencial para un dirigente de empresa, proyecto o iniciativa social. Pero esos ideales deben ajustarse a la realidad y convertirse en proyectos si estamos hablando de hacer cosas, no de soñarlas. Ni el optimista patológico ni el pesimista mórbido. Como bien afirma Courtois, «la falta de adaptación a la realidad es la ineptitud primera para el mando». No se trata de ser un gran orador ni de dibujar bonitos proyectos sino de conocer la realidad en todas sus dimensiones y a partir de ella, con sentido común, transformarla. Conocer los hechos y a las personas sin espejismos es básico para hacer equipo y aprovechar los talentos de todos.
  • Competencia.  La autoridad, el líder o dirigente, no tiene que ser un experto en todo. Únicamente tiene que poseer las nociones generales necesarias y el conocimiento de las diferentes ramas de actividades para organizar el conjunto de ellas. Su competencia fundamental es gobernar, es decir prever, organizar, mandar y comprobar. No puede ni debe ser un especialista; y si lo es, debe aparcar esa habilidad y preocuparse del conjunto, no de un área o un aspecto en particular.

 Teresa García-Noblejas