imagenEstoy a punto de terminar de leer un libro recopilatorio de escritos de Edith Stein y, como no podía ser de otra manera, me ha llamado poderosamente la atención su percepción de la identidad femenina, ella lo llama «especificidad de la mujer» pero la verdad es que esa palabra a mí se me hace muy difícil de pronunciar y prefiero «identidad».

Edith Stein señala dos características fundamentales de esa identidad femenina frente a la masculina, no carente, por cierto, de riesgos y peligros si no se tiene cuidado y se orientan bien:

1.- La posición de la mujer es personal: ella participa en lo que hace con toda su persona y le interesa el fondo de la persona.

2.- Tendencia natural a la totalidad y la armonía: desearía alcanzar la condición de ser humano total, convertirse en un ser humano desarrollado en plenitud y en extensión y también quisiera ayudar a los otros a serlo y hacerse cargo de toda su humanidad.

Y el origen de estas dos características las sitúa en el papel innato de la mujer como compañera, es decir, como sostenimiento y apoyo y como madre, es decir, en la misión de proteger, custodiar y llevar a su desarrollo la humanidad verdadera.

Por eso, la mujer es tabla de salvación para la sociedad de hoy, que vive un profundo desarraigo interior y que carece de convicciones sólidas. Edith Stein afirma que «el remedio contra esta enfermedad de la época son los seres humanos completos (…) en consecuencia, si las mujeres son ellas mismas humanidad total, y si ayudan a los otros a que lo sean, crean las células  sanas, vigorosas, por medio de las cuales se le distribuye a todo el cuerpo popular sanas energías vitales».

O sea, que tenemos que desarrollar y potenciar nuestra identidad propia y exclusiva, que es fruto de nuestra condición biológica del ser madre, lo seamos o no, para ser en la sociedad lo que se necesita y se espera de nosotras.

Leonor Tamayo