Lo sucedido en Durango ha sido una vergüenza, un acto indigno de un país serio. No es solo una burla a las víctimas; es una agresión a la conciencia moral de la sociedad. Hemos visto cómo los etarras se han instalado en las instituciones, cómo se ha liberado a un presunto enfermo terminal (que ya lleva un año libre vivo) y cómo se ha aplicado deprisa y corriendo la sentencia de Estrasburgo para liberar a criminales de toda condición.

El Partido Popular sabe que el coste electoral del aborto apenas afectará al 1% de sus votos. Pero el incomprensible aval de la Fiscalía (dependiente del Gobierno) al homenaje a los terroristas de Durango y la puesta en libertad (por decisión del ministro del Interior) de Bolinaga (por poner dos ejemplos) pueden restar un buen puñado de votos al partido gobernante. Conviene que lo tengan en cuenta.

Naturalmente, la dignidad la salvó en Durango un personaje casi anónimo llamado Cake Minuesa que personificó lo que todos los españoles de bien pensábamos: ¿qué pasa de las víctimas? ¿y los 390 muertos? ¿no van a pedir perdón? Si no han visto su intervención, la pueden recuperar aquí.

Y es que la historia de España siempre ha sido así. Pactos de los poderes fácticos para mantener su estatus, colaboracionismo con el invasor y honor salvado por el pueblo llano y algunos personajes (pocos) importantes. Quizá no sea un héroe, hay quien le acusa de protagonismo pero ya es un símbolo de la dignidad y del coraje. Pero ha representado la dignidad de todo un pueblo, la conciencia colectiva de que mal y bien no son equiparables y tiene que haber arrepentimiento real para poder hablar de paz y de justicia.

Teresa García-Noblejas