En estos días volvemos a vivir la Semana Grande de la Fe. Las calles se llenan de procesiones y los medios informan de detalles superfluos, como las lesiones de los costaleros o la lluvia, si bien la novedad del año es la presencia en Roma del nuevo pontífice, Francisco. Para un mundo ávido de novedades y hastiado de rutinas, la Muerte, Pasión y Resurrección de Cristo no constituyen noticia. Nada nuevo; ya decía Edith Stein  (hoy Santa Benedicta de la Cruz), en Ciencia de la Cruz (Monte Carmelo, 2000) que lo continuamente oído, lo conocido de mucho tiempo atrás «nos deja fríos». Muchos creyentes se sienten atormentados porque los hechos de la salvación o nunca les han impresionado, o ya no les impresionan tanto como debieran. Siento que a muchos de nuestros contemporáneos (quizá a nosotros mismos) nos sucede algo parecido. Para volver a vivir el misterio de la salvación, la carmelita alemana recomendaba la  lectura de la vida de los santos porque hace volver a la realidad y ver que donde la fe es verdad viva, allí la doctrina de la fe y las grandes obras de Dios constituyen el núcleo de la vida;; esa sensibilidad la tienen también los niños, capaces de entender sin prejuicios la profundidad del sacrificio de Cristo. Algo parecido ocurre con el artista, cuya sensibilidad le emparenta al niño y al santo. Todo arte auténtico es una revelación y la creación artística un servicio santo, concluye Stein.

Así que al encaminarnos a los próximos días conviene que recordemos a los santos «oficiales» y a los que todavía no lo son pero tienen un altar en nuestros corazones. Antiguamente las vidas de los santos, escritas en libros, servían para conmover y convertir a otros; es el caso de Ignacio de Loyola y de la propia Edith Stein. Hoy, junto a los libros, proliferan muy buenas películas de hombres y mujeres a los que la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor les marcó de por vida. Viene a nuestra memoria la vida de San Felipe Neri, recientemente llevada al cine. O la de San Giuseppe Moscati, el médico de los pobres. Sus obras y sus vidas únicamente se entienden a la luz de la Cruz de Cristo, no por una extravagante afición al dolor y al sufrimiento sino por entender que la Cruz era expresión de un amor sin límites. ¿Qué decir de los perseguidos, torturados y asesinados por su fe en tantos países? ¿Qué les sostiene en medio de tantas dificultades sino es la cruz de Cristo?

Siguiendo a Edith Stein, también podemos acercarnos a la Semana Santa con los ojos de un niño que descubre y entiende por primera vez que el Crucificado murió para salvarle y asumir en su propia carne todos los dolores, sufrimientos y pecados de la historia. Y finalmente, el arte, como bien se entendió en el Siglo de Oro español, refleja los sentimientos en torno a la Pasión del Señor frente a la frialdad de la Reforma protestante. Y en todo caso, recordar, con San Pablo, que el Evangelio se resume en la Cruz: «Así mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, en cambio para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y sabiduría de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres».  Este es el mensaje provocador y novedoso también para nuestro tiempo: un Dios que se deja matar como un malhechor para sellar con su sangre una alianza eterna con cada hombre y cada mujer, sin distinción.