Acabo de terminar la lectura de Solzhenitsyn. Un alma en el exilio, del profesor y escritor inglés Joseph Pearce (Ciudadela, 2007) y reconozco que casi desde que lo empecé sentía un gran deseo de compartir mi redescubrimiento de ese verdadero gigante del arte y el espíritu que fue el Premio Nobel de Literatura Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008). Alguna de mis hijas ha debido notarlo a tiempo y a destiempo…

La implacable máquina del sistema cultural que nos domina tiene una asombrosa capacidad para hacernos recordar a las personalidades que le vienen bien y olvidar a aquellas que resultan incómodas. Una manipulación de la memoria que nos afecta a todos, incluso a los que «presumimos» de nadar contracorriente.

Y sin duda Solzhenitsyn es uno de esas figuras a recuperar en nuestra memoria y en nuestras referencias culturales, especialmente las de los más jóvenes, para quienes es un completo desconocido. Tal y como están las cosas, no podemos permitirnos el lujo de perder el legado del testimonio de su vida ni de su obra literaria. Nos hacen falta gigantes como él para subirnos en sus hombros y compensar el enanismo moral y cultural de una época que nos ha hecho perder el verdadero horizonte de la vida, que no es otro que la eternidad.

El amenísimo viaje que en su biografía del escritor ruso nos propone Pearce  -un reconocido especialista en los Chesterton, Lewis, Tolkien… de los que saca buen partido también en esta obra-   nos hace descubrir, a través de sus conversaciones con el biografiado y su familia y un trabajo muy serio de documentación, no sólo la obra literaria de un excelente escritor de la mejor tradición rusa, sino también los recovecos del alma de un hombre en permanente búsqueda de la verdad a quien la humanidad debe, entre otras cosas, el desenmascaramiento del régimen soviético.

Solzhenitsyn se nos presenta como la personalidad sobresaliente que era en todos los órdenes, forjada en el sufrimiento, tanto en su experiencia como oficial en el frente de batalla durante la II Guerra Mundial, como en sus ocho años de trabajos forzados en los crueles campos del Gulag, la lucha con la enfermedad del cáncer, sus dificultades conyugales, la persecución posterior por el KGB y sus veinte años de exilio en Occidente. Una personalidad que a través de la aceptación interior del sufrimiento y el hallazgo de la autolimitación como ejercicio de la libertad, experimentó un bellísimo camino de elevación del espíritu y de maduración de la religiosidad cristiana, en la que terminó por encontrar la clave para la renovación personal y comunitaria.

El autor de Un día en la vida de Iván Denísovich, El primer círculo, Pabellón del cáncer, Archipiélago Gulag… y tantas y tantas obras que están ahí esperándonos, es también un reconfortante ejemplo de resistencia, de audacia, de fortaleza y, por qué no decirlo, de patriotismo. Y ello no sólo por la forma en que afrontó el sufrimiento personal, sino también por su tenaz y valiente oposición pública a la ideología y el sistema comunista, primero, y a la falsa alternativa del materialismo, el consumismo y el hedonismo de Occidente, de la que hizo una denuncia verdaderamente luminosa y profética que le costó, como el mismo confesó a Pearce, críticas y difamaciones en Europa y Estados Unidos incluso más duras e injustas que las que había sufrido en la URSS.

Finalmente, han sido también para mí un hallazgo las aproximaciones de Solzhenityn a la política, plasmadas en algunos textos interesantísimos de los que Pearce da buena cuenta en su biografía: Carta a los dirigentes de la Unión Soviética, Cómo reorganizar Rusia, Rusia bajo los escombros… o, con la mira puesta en Occidente, el polémico e inmortal discurso en la Universidad de Harvard en 1978. Hay en ellos una apuesta por la dignidad de la persona como valor político central; por la idea de bien común, la subsidiariedad y el autogobierno; la democracia de base· y la vuelta a los poderes locales, próximos al ciudadanos, frente al gigantismo del Estado; la recuperación de sistemas de producción a la medida de las personas; la preservación de la naturaleza como prioridad; la recuperación de la religiosidad en la identidad de los pueblos… etc.

Recuperar a Solzhenitsyn es hoy una necesidad. Leer la magnífica biografía de Pearce puede ser un buen primer paso que, personalmente, les aconsejo.

Jaime Urcelay

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