El tema de Excalibur me ha causado una conmoción terrible. Que miles de personas, que no se movilizan por cientos de niños muriendo sin atención sanitaria, se movilicen por un perro ha sido el sonido brusco de una sociedad que ha tocado fondo moralmente y que chapotea en la indigencia moral y la basura ética. Y que, finalmente, ha confundido el tocino con la velocidad y echa velocidad a sus cocidos a la vez que trata de llegar a alguna parte a base de incrementar los lípidos saturados.

Sin embargo, aunque consternada, no estoy sorprendida. Llevamos muchos años de «adelgazamiento» de la dignidad humana de forma que el aborto y la eutanasia se contemplen como algo normal.

El hombre actual, el hombre sin alma, sólo tiene su dignidad en el derecho a su propio cuerpo materializado en extirparse otro ser humano menos afortunado y en elegir la hora de su muerte. Muerte digna, derecho a elegir.

A la vez que se vaciaba de dignidad al ser humano, se sobrevaloraba a otros seres sufrientes, tan sin alma como ese hombre moderno que se dignifica en su propia destrucción: los animales, que han servido para anestesiar con una bondad extrema hacia ellos, la maldad extrema de eliminar congéneres. Una bondad extrema frívola que oculta una maldad extrema esencial.

Todos necesitamos sentirnos buenos. El trasbordo de la bondad y la piedad del ser humano al animal lleva muchos años anegando, como gota malaya, los cerebros de personas a las que se les ha impedido, anteriormente, adquirir unos conocimientos y valores éticos sólidos. De esa forma, sin empalizadas de cultura, de ética, de sentido común y de lógica, la amoralidad disfrazada de buenismo ha ganado la batalla en una sociedad tan degradada que busca su autodestrucción mientras exhibe, orgullosa e impúdica, sus miserables planteamientos.

Los defensores del «animalismo» frente al, hasta ahora vigente, humanismo esgrimían una frase de Gandhi sacada de contexto y sin analizar sus implicaciones. Quedaba muy bonita: «Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en la que trata a los animales».

La India de las brutales contradicciones, con sus vacas sagradas y sus intocables muriendo por las calles, con su respeto por las hormigas y su costumbre, afortunadamente en desuso,  de quemar a las viudas, es nuestro horizonte. Las nuevas normas de juicio con las que se ha de juzgar una civilización que involuciona.

Una sociedad que solo pide que los niños liberianos que mueren de ébola mueran, junto con los misioneros que los cuidan, lo más lejos posible, por favor, y que se moviliza por salvar la vida de un animal, dispuesta a hacer y gastar todo lo necesario y sufrir los riesgos que se deriven, es una sociedad que debería mirarse a la cara y enfrentarse a sus brutales contradicciones. Y preguntarse, por primera vez, hacia dónde quiere dirigirse y hacia donde se dirige.

Una sociedad que valora más la vida de un noble bruto sin conciencia de sí mismo, incapaz de crear arte y belleza,  ignorante de su finitud y al que nunca llorarán otros perros, que la vida de  un ser humano, consciente de sí mismo, sabedor de su finitud, creador de arte y belleza y al que llorarán sus allegados… es una sociedad que ha perdido el norte. Una sociedad sin alma de hombres sin alma. Una sociedad herida de muerte. Una sociedad que vale menos que sus propias mascotas porque sólo aspira a obedecer ciegamente, a recibir su pienso y a mover el rabo ante las caricias del amo.

Alicia V. Rubio Calle