Seigneur, ouvre mes lèvres et ma bouche publiera ta louange (“Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza”). Con estas palabras en el cántico de 8 hombres de Dios, consagrados en el Císter benedictino, comienza la película “De dioses y hombres”. Como iniciando la liturgia de las horas, así comienza la película. Con sus bocas, con sus capacidades, con sus mentes y sus corazones, y finalmente con sus vidas, estos 8 hombres se entregaron en martirio a Dios en Tibhirine, Argelia, en 1996.

Esta producción francesa es candidata a los Oscar por su país en 2011, y fue además Premio del Jurado Ecuménico del Festival de Cannes en 2010. La película se estrenó ayer en Madrid, patrocinada por Ayuda a la Iglesia Necesitada, para más de 1.200 personas para las que hubo que habilitar tres salas en el Cine Palafox, de la calle Luchana. Los que asistimos no fuimos defraudados.

“Seigneur, ountitleduvre mes lèvres et ma bouche publiera ta louange”

“De dioses y hombres”, dirigida en 2009 por Xavier Beauvois.

La delicadeza en el trato de los personajes, la enorme humanidad de estos hombres entregados al trabajo y a la oración, conmueven de principio al fin. Conmueve también su entrega al pueblo de Tibhirine, a sus gentes, que les quieren y les respetan. “Somos como los pájaros en la rama”, le dice una mujer al prior en una escena de la película, “si se van ustedes, no tendremos donde posarnos”. La religiosidad natural de todos los hombres, el amor a Dios y a los hombres sin discriminación de ningún tipo, se enfrentan en esta película a la sinrazón del odio y de la muerte justificados en una fe islámica que ni los propios musulmanes comprenden.

La trama va ganando en intensidad, en tensión, a medida que avanza la película, traspasando el día a día de los monjes en su trabajo del campo, en su atención médica a los vecinos, en sus oraciones y sus cánticos (por cierto, una auténtica maravilla). La calidad técnica y humana con que el equipo de dirección y de actores abordan la historia no es menor que el cariño y respeto a los protagonistas que la vivieron, y eso el espectador lo agradece. Es una historia de naturaleza primordialmente espiritual y, por tanto, profundamente humana. Y es precioso ver el crecimiento espiritual de todos ellos, que sin buscar el martirio en ningún momento (e incluso huyendo o renegando de él en algún momento), acaban aceptándolo voluntariamente desde la esperanza cristiana. Es una película profundamente alegre, porque es un canto a la vida.

Si admiten un consejo, no se la pierdan. Es una de las mejores películas de los últimos años.

Fabián Fernández de Alarcón