«Optar a veces por la modestia y frugalidad del menos, frente a la voracidad y glamour del más, puede traer abundancia y plenitud a nuestra existencia».

Esta es una de las reflexiones que Santiago Álvarez de Mon –profesor del IESE y uno de los más relevantes expertos españoles en comportamiento humano y liderazgo en las organizaciones–  realizaba el pasado miércoles en su columna del diario Expansión bajo el título «Cuando menos es más»

El Profesor Álvarez de Mon constata que vivimos en una cultura en la que «los planes, objetivos y metas personales que nos fijamos subordinan el ritmo de nuestra vida (…)» y las «personas, experiencias, tiempo, actividades, son un mero medio para su consecución, en lugar de hacer del camino un valor en sí mismo». Un entorno, en definitiva, en la que «el culto al número, al tamaño, al crecimiento, a la eficiencia, erosiona la calidad de nuestras relaciones, entronizando la cantidad como principal vara de medir».

Los ejemplos están por todas partes y el articulista presenta, con su habitual personalidad y capacidad para inspirar, un buen número de ellos: en la administración, en la política, en las organizaciones empresariales, en los medios de comunicación, en nuestras relaciones sociales…

El artículo de Álvarez de Mon es, al cabo, una sugestiva invitación a la búsqueda sincera del sentido de lo que individual y comunitariamente hacemos todos los días.

Reproducimos a continuación el texto completo de la mencionada tribuna, cuya lectura recomendamos vivamente.

CUANDO MENOS ES MÁS

Santiago Álvarez de Món

Profesor del IESE

(Expansión, 27/06/2012)

El saber está comenzando a ser considerado en todas partes no como un bien en sí mismo, ni como un medio para crear una visión amplia y humana de la vida en general, sino tan sólo como un ingrediente de la preparación técnica”.

Esta inquietud de Bertrand Russell cobra especial relevancia en la actualidad. Los planes, objetivos y metas personales que nos fijamos subordinan el ritmo de nuestra vida. Personas, experiencias, tiempo, actividades, son un mero medio para su consecución, en lugar de hacer del camino un valor en sí mismo. La ubicuidad, inmediatez y visibilidad de las nuevas tecnologías, el bombardeo y fugacidad de mensajes intercambiados entre ciudadanos que zapean constantemente en la red, acrecienta y profundiza esta tendencia enfermiza. El culto al número, al tamaño, al crecimiento, a la eficiencia, erosiona la calidad de nuestras relaciones, entronizando la cantidad como principal vara de medir.

“Quizá la ventaja más importante del conocimiento “inútil” es que favorece un estado mental contemplativo. Hay en el mundo demasiada facilidad, no sólo para la acción sin la adecuada reflexión previa, sino también para cualquier clase de acción en ocasiones en que la sabiduría aconsejaría la inacción”, insiste Russell. De lo que se trata es de movernos, de actuar, aunque no sepamos el sentido de lo que hacemos. En este estado de cosas, optar a veces por la modestia y frugalidad del menos, frente a la voracidad y glamour del más, puede traer abundancia y plenitud a nuestra existencia. A modo de ejemplo.

•Menos funcionarios, menos peso de las administraciones públicas –necesitan una dieta severa de adelgazamiento–, y más profesionalidad, agilidad y transparencia.

•Menos políticos, mejor preparados y más independientes. Ambos colectivos, reuniendo esas condiciones, deberían ser mejor pagados. Con los sueldos que cobra un Secretario de Estado, un director general, dedicarse a la política o al servicio público es tarea para héroes o para ricos. Luego nos choca que haya corrupción, o que el talento se retraiga.

•Menos niveles directivos que ralentizan la toma de decisiones y jerarquizan las relaciones, y más participación y debate, asumiendo cada uno su responsabilidad personal.

•Menos reuniones –son sospechosas salvo prueba en contrario– y más trabajo concienzudo gestado en soledad. Desde aquí la compañía suma y enriquece.

• Menos mails infundados, innecesarios, irrelevantes, defensivos (por si acaso, que conste por escrito) y más encuentros donde los gestos, la mirada y el timbre de voz encierran el mensaje central.

• Menos exposición pública de los pensamientos y sentimientos íntimos de cada uno, menos exhibición de nuestra imagen, y más recato y discreción sobre el misterio de nuestra identidad.

• Menos conversaciones protocolarias, convencionales, insulsas, y más diálogos sinceros y fecundos.

• Menos noticias insustanciales, carentes de sentido, garra y rigor, y más información veraz, objetiva y contrastada, que ilumina el análisis y la solución.

• Menos obsesión por los share de audiencia, por el número de seguidores en twitter, y más sensibilidad por el contenido diferencial de la propuesta.

• Menos tareas que acometer atropelladamente, y más centrarse en cuestiones esenciales y prioritarias. Al hacer balance del día, la mejor manera de hacer muchas cosas bien es hacer sólo una.

• Menos palabras hueras, menos propaganda política, menos homilías cínicas, y más silencio expectante y respetuoso. Menos predicar y más practicar.

• Menos acción y más reflexión, para que aquella esté dirigida por una inteligencia serena y pausada.

• Menos caprichos, veleidades y necesidades artificialmente estimuladas por una publicidad limitada, y más humildad, sobriedad e investigación sobre los fundamentos de nuestra condición.

• Menos negocio febril y oportunista, y más ocio apasionado (deporte, cultura, amistades, naturaleza, viajes…)

• Menos recetas facilonas que banalizan la enjundia de los problemas, sorteando un diagnóstico completo y causal, y más disposición para transitar por las regiones más áridas del aprendizaje.

• Menos respuestas urdidas en las calderas de la prisa y la ignorancia, y más preguntas inteligentes que nos empujen hacia la sabiduría.

• Menos culto al Dios del crecimiento, al tirano del tamaño, (evidentemente en algunos sectores es cuestión de supervivencia), y más apuesta por un servicio personalizado y detallista.

• Menos correcalles peleados con el tiempo, y más meditación donde nuestro yo tenga una oportunidad diferencial.

• Menos quejas, excusas y victimismo, y más coraje y carácter para ofrecer alternativas. Menos pesimismo, tentador y contagioso, y más optimismo ligado a la dura realidad.

• Menos mirarnos al ombligo encerrados en un bucle narcisista, y más salir al encuentro del otro.

• Menos rollo, el mío, y más espacio en blanco para que usted complete la columna. Su turno.

http://www.expansion.com/2012/06/26/opinion/tribunas/1340743017.html?a=f3f5b54613eb2433d6c173c7a37b1759&t=1341042169