En el Conservatorio Profesional de Música de Santiago de Compostela hay un departamento que se llama Dinamización de la Lengua Gallega. Ustedes se preguntarán, como yo, qué pinta ese departamento en un conservatorio de música. Supongo que es la cuota que exige el nacionalismo de forma que, en cualquier lugar, haya unos funcionarios sin una función determinada, vacíos de conocimientos y labores pero plenos de ideología, que velen porque ese organismo cumpla unos indeterminados parámetros de «calidad adoctrinadora». Sucede lo mismo con el «género», pero eso daría para varios artículos.

El caso es que, en ese extraño departamento que debería velar por la dinamización de la lengua gallega se ha decidido, de forma unilateral, no dinamizar esa lengua sino otra: la variante «reintegracionista» del gallego, «sucedáneo de portugués» según los entendidos, mal hablado y que nadie entiende, ni está autorizado, ni se utiliza. Ajeno a la música y, ahora, a la lengua gallega, este departamento se afana en convertir Galicia en una esperpéntica torre de Babel.

Al parecer, la afortunada propietaria de tan inútil puesto, una tal Isabel Rei Sanmartí, una especie de agrimensora K que, a falta de una función definida y lejos de desesperarse, se ha buscado su propio afán y razón de existir, considera imprescindible que en Galicia se hable una variante del gallego que nadie habla. Seguro que el pobre Kafka nunca hubiera pensado que su personaje, lejos de angustiarse en el absurdo, iba a aclimatarse con todo desparpajo a su puesto sin contenido tras pasearlo por el Callejón del Gato. El pobre Kafka no sabía cómo nos las gastamos en España. Valle Inclán sí, a su pesar.

La feliz agrimensora K además, en un estimable empeño por llenar de más contenido su cargo, a la difusión del sucedáneo portugués le añade sus fobias y filias políticas, su defensa de los violentos y los terroristas, los insultos (no sé en qué idioma) a las fuerzas del orden público y afirma, sin recato, que «sus actividades en el conservatorio las realiza como un acto reivindicativo de una Galicia libre e independiente».

Los ciudadanos se han quejado pero, desde el inexpugnable castillo de la Xunta, no sale una palabra para resolver una situación absurda y esperpéntica que haría las delicias de Kafka y de Valle Inclán si estuvieran entre nosotros.

En vista de semejante cúmulo de irregularidades, utilización política de un cargo funcionarial y sobre todo por la inexplicable necesidad de tal departamento y cargo y por la incapacidad de la tal profesora para hacer algo útil, lo normal sería que el «ministrín» al que le corresponda la responsabilidad de la educación, le diera una imaginaria patada a la señora agrimensora y al departamento en el lugar donde dice la canción que el galleguiño de Lugo lleva la gaita.

Mientras en el castellano-hablante que vive en Galicia crece la sensación de estar viviendo en la torre de Babel, mientras todos nos preguntamos por qué se gasta dinero en un departamento de dinamización de la lengua gallega en un conservatorio, y por qué se fomenta musicalmente el sucedáneo de portugués, desde el Castillo ni una palabra. Pero esto, lejos de desasosegar a la agrimensora K valleinclanesca, tan profundamente española ella mal que le pese, le hace estar encantada de haberse conocido.

Alicia V. Rubio Calle