En el repaso a la crisis institucional de España nos hemos referido al PP, al PSOE, a la justicia y a la educación. Hoy pretendo abordar la crisis de la monarquía. Pero no se preocupen: no voy a entrar en los dimes y diretes ni en los chismorreos ni en el detalle de los comportamientos poco ejemplares de la familia del rey de España.

El problema, para mi gusto, es más de fondo. Como cualquier institución política, la monarquía se justifica únicamente por su espíritu de servicio a la sociedad o comunidad.  Cuando el papa Francisco recordó que «el poder es el servicio» se refería al ámbito eclesiástico. Pero esta expresión de origen evangélico tiene aplicación en todos los ámbitos de la vida y, de llevarse a la práctica, resolvería y prevendría bastantes problemas en toda sociedad humana, ya sea la familia, la empresa, el municipio o la nación.

Las instituciones las encarnan las personas: una o varias. Si las personas son conscientes de su misión en la vida, en la historia y en su Patria, la ejercerán con espíritu de servicio y deseo de contribuir al bien común haciendo los sacrificios que conllevan los cargos. Si lo que buscan es su interés particular y el beneficio propio se aprovecharán de su situación de poder o privilegio (muy diferente de la autoridad moral) para dominar, manipular o sustraer lo ajeno. Y eso es válido lo mismo para el rey que para el policía municipal.

Bien están los mecanismos de control, las leyes de transparencia y los códigos de conducta. Pero son papel mojado si lo que fallan son las personas.

Teresa García-Noblejas