En el capítulo segundo de la Evangelii Gaudium titulado «En la crisis del compromiso comunitario»  el papa Francisco se propone esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios.

El juicio del pontífice argentino sobre las consecuencias de un modelo económico, que no cita como tal, es duro y tiene frases como estas:

  • Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad».
  • No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad.
  • Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. 
  • Todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante.
  • Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia.

Estas afirmaciones han provocado críticas a Francisco acusándole prácticamente de marxista. Me permito decir que Benedicto XVI criticó con dureza la lógica de máximo beneficio, como puede leerse aquí. Por no citar Caritas in veritate. Juan Pablo II denunció  el capitalismo salvaje en Centesimus Annus y no creo que pueda ser tachado de marxista.

No obstante, creo que se puede matizar la afirmación pontificia de que la inequidad (es decir, la desigualdad) genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Y lo hago partiendo de la humilde afirmación de Francisco según la cual ni el papa ni la Iglesia «tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos». Ciertamente, la pobreza es un caldo de cultivo para la reacción violenta porque la miseria y el hambre son reclamos para delincuentes e ideólogos de todos los ámbitos. Pero también es sabido que la violencia no siempre tiene su raíz en la pobreza; y países y sociedades muy pobres jamás se han alzado en armas.

El capítulo segundo de la exhortación se refiere a Desafíos culturales; Francisco no olvida que a veces éstos se manifiestan en verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. Pero, en la línea de su predecesor, Benedicto XVI recuerda que el desafío cultural,  «en muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario». Evidentemente este es el caso de Occidente aunque las agresiones a símbolos cristianos empiezan a ponerse de moda también en Europa y muy especialmente en España.

Me llama la atención el escaso eco de las afirmaciones de Francisco que denuncian el proceso de secularización que tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Y que, como consecuencia, niega toda trascendencia y oculta «una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo», que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. El pensamiento débil y la dictadura del relativismo encuentran su reflejo en estas afirmaciones.

Tampoco ha sido muy difundida otra afirmación de la Evangelii Gaudium: «la familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales». Y para los que acusan a Francisco de «políticamente correcto», una andanada:

El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja.

Pero en la denuncia hay un daca del papa Bergoglio que me llena de alegría en la medida que participo de una asociación civil que quiere precisamente mejorar nuestra convivencia:

Hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.

Y es que Francisco no aplaude la pasividad ni el clericalismo. Como se lo cuento.

Teresa García-Noblejas