No conozco al Sr. Abad. Ni él a mí, sin embargo, veo con sorpresa que no repara en insultarme con un nuevo y extraño término creado y adaptado a sus intereses: ciudadanófoba.

Cualquier persona medianamente culta pensaría que es un término referido a un misántropo que odia la vida en sociedad y por ello el propio concepto de ciudadano. O un psicópata que aborrece a los que viven en las ciudades.

Pues no. Para variar volvemos a la manipulación de raíces etimológicas para despojar a las palabras de su grandeza significativa y transformarlas en una acepción miserable y pobretona adaptada a los intereses limitados y cutres del «adaptador» del término, si me permiten la redundancia.

Resulta que para el Sr. Abad, los que no estamos de acuerdo con que los poderes públicos manipulen con una moral estatal las conciencias de los menores, somos ciudadanófobos. Yo misma, sin comerlo ni beberlo, me he convertido en una ciudadanófoba, una odiadora de la ciudadanía, los valores de vivir en sociedad y, si me apuran, la sociedad misma. Vamos, una tiparraca de  mucho cuidado. Jo, qué mal ¿no? Y todo por no estar de acuerdo con una asignatura llamada «Educación para la Ciudadanía» que no educa para ser ciudadanos sino siervos de una ideología concreta. La del Sr Abad, concretamente.

Ah, se me olvidaba, el citado Sr. Abad ha publicado un libro de la controvertida asignatura «Educación para la Ciudadanía» que ve comprometida su venta porque existen ese tipo de ciudadanos libres, implicados en la educación de sus hijos y luchadores, que se han negado a que el Sr. Abad los eduque: los horribles ciudadanófobos. Yo misma, sin ir más lejos, y otros 3 000 psicópatas a los que su escaso número (aportado interesadamente por el propio Sr Abad y en nada reflejo de la realidad) reduce al desprecio y al pisoteo, aunque las leyes amparen sus derechos.

Pues nada, Sr. Abad, va a tener usted que volverse un poco tolerante, democrático y comprensivo, para variar, pues su talante en la entrevista que he leído sobre usted es más bien intolerante, totalitario y demagógico, y admitir que no todos pensamos como usted, que no todos tenemos su sistema de valores, que usted no es nadie para educar a nuestros hijos y, sobre todo, que a los ciudadanófobos nos ampara la Constitución. Si, esa odiosa ley «ciudadanofobiquísima». La verdad, que le suponga una «soberana agresión» el hecho de que haya personas que no compartan sus opiniones, según titula el libro que trata de publicitar en la entrevista, da una imagen verdaderamente inquietante de usted.

Ah, y a partir de ahora, le ruego que no me vuelva a llamar ciudadanófoba, que para los que conocemos algo de etimología resulta equívoca e incluso errónea: llámeme, si quiere y le gustan los «palabros»  raros, «moralestaltalófoba», «manipuladoresdelasconcienciasdelosmenoresófoba» o, simplemente, ciudadana libre, que es más fácil y más exacto.

Alicia V. Rubio Calle