Como todos los viernes y frente a unas pizzas, nos disponíamos a ver una película todos juntos. Las películas infantiles habían dejado paso, según iban creciendo mis hijos, a clásicos del cine, películas que nos habían gustado especialmente o películas actuales de las que habíamos oído hablar bien.

Ese día había conseguido en una tienda de segunda mano, por un par de euros, una película española que, recordaba haber oído, era de humor. Además estaba recomendada para  «mayores de 7 años» y el pequeño (con 7 años) estaba contentísimo de alcanzar a la edad legal de visionado de «Días de Fútbol» y verla con pleno derecho.

Normalmente, las pizzas nos duran lo que duran los créditos y para cuando la cosa empieza en serio, ya nos hemos comido hasta el postre. Ese día, aún no habíamos terminado el segundo trozo y ya nos habíamos cenado un acto sexual en un armario, una masturbación y una colección de palabrotas que maldita la gracia y el salero. Humor fácil y de grano gordo para presentar a los protagonistas en escenas rápidas. Vamos, los créditos a «la española» del cine español.

En la primera escena se homenajeaba a un miembro del grupo que acababa de salir de la cárcel y cuya hermana, casada con uno de los amigos, se había acostado con toda la pandilla. Se supone que era otra gracia.

Con la pizza atragantada decidimos quitar aquella «obra maestra». Mi hija de 13 años, siempre tan responsable, y aunque no había entendido, afortunadamente, la mitad de las escenas, estaba espantada y preocupada por lo que habían visto sus hermanos. Mi marido me reñía por haber traído a casa semejante bodrio. Mi hijo de 12 años nos miraba con los ojos como platos. Yo estaba avergonzada, e indignada con el cine español en general y con el calificador de películas en particular: «7 años» ponía.

El único que no se había enterado de nada era el pequeño de 7 años que, sin referencias para entender lo que había visto, le parecía todo genial y nos preguntaba por qué quitábamos la cinta.

Acabamos viendo una película de piratas en alguna cadena ignota donde luchaban los malos contra los buenos y en la que no consideraban imprescindible que visualizáramos momentos irrelevantes de intimidad de los protagonistas.

Irrelevantes cuando el guión cuenta algo. Cuando no hay nada que contar, supongo que hay que llenar el metraje de escenas escandalosas, íntimas, ridículas o innecesarias. Cine español en estado puro. Si al menos está bien calificado, una puede elegir si quiere, o no, verlo. Pero eso de que era «apto para mayores de 7 años…»

En todo caso y si el inepto calificador quiere mantener el mágico número 7, que ponga: para menores de 7 años (que no se enteran de nada) y para mayores de 18.

El problema es que el público mayoritario de esta película de humor sin gracia estuvo entre esas dos edades.

¿Casualidad o estrategia?

PD: Vale, no me recriminéis más: que el calificador ponga «para menores de 7 meses y mayores de 18 años».

Alicia V. Rubio Calle