Algunos medios se han hecho eco de la «celebración» de su propia eutanasia del atleta más veterano de Bélgica, Emiel Pawels. Acompañado de su familia y amigos, decidió dar una fiesta de despedida antes de someterse a la muerte.

A nuestro juicio, en este acontecimiento confluyen dos falsedades. La primera, la aceptación social y familiar de que la eutanasia merece una fiesta pone de manifiesto el evidente cambio social que ha conllevado  la implantación de la ley eutanásica belga. La acción del suicidio se convierte en una posibilidad, algo que puede ser elogiado  y digno de aplauso. Recuerda  sociedades ya superadas que aceptaban el suicidio de sus ciudadanos mediante cicuta (Grecia clásica), lo que contrasta con la visión de la sacralidad de la vida humana que dio lugar a la creación de sociedades más solidarias, construidas sobre el apoyo mutuo, el cuidado de la vida y el esfuerzo para no potenciar las conductas suicidas.

La segunda falsedad es argumentar que la eutanasia es una decisión  que solo afecta a la persona que la sufre, pues existe un efecto multiplicador  expansivo a través de los medios de comunicación y de las personas que contemplan e interpretan como loable la actuación. Es indiscutible el efecto pedagógico  que conlleva cualquier acto humano al ser moralmente aplaudido.

Está descrito también el efecto que ejerce en el médico que practica una eutanasia en su relación con otros pacientes así como la presión subyacente sobre la población más desfavorecida y vulnerable (ancianos y discapacitados) que podrían no ver otra salida a su situación.  (Ver  informes Remmelink,  los de las Comisiones evaluadoras de los países con eutanasia legalizada y los argumentos que en Irlanda fueron esgrimidos en su contra).

María Alonso

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