Ahora que las instituciones españolas se han sumado con entusiasmo a las celebraciones del lobby homosexual poniendo su bandera en los edificios públicos me he acordado de un viejo amigo, excelente sacerdote aficionado a la montaña que transitaba el Pirineo francés con grupos de jóvenes a los que les recomendaba lo siguiente:

Si os preguntan quien somos, presentaos como católicos, españoles y heterosexuales.

Traigo esta anécdota a colación porque creo que el tema no es tanto lamentarse por las celebraciones de esta nueva ideología que aspira a imponerse en las instituciones, en la educación y en las costumbres, sin importarle la persona, pensando solo en términos políticos.

Creo que el hecho tiene otro enfoque. El problema no son los «éxitos» del lobby homosexual sino la apatía y debilidad de la identidad de la mayoría de la sociedad, que ha comprado (hemos comprado) el mensaje políticamente correcto y hemos renunciado a afirmar y, si es preciso, defender, en la plaza pública, principios esenciales como la fe (no escondiéndola en las sacristías), el amor a la Patria (cuya bandera ha sido sustituida por la del lobby, hay que fastidiarse) y la condición de hombre o mujer y sus consecuencias (matrimonio natural, claridad en los modelos …).

Esa es la cuestión y a eso se refiere este breve artículo. Hemos dejado el campo abierto y otros, más activos y comprometidos, han plantado su bandera. Ni más ni menos.

Teresa García-Noblejas