Al menos desde que el Senado romano enviara tropas a la Península Ibérica allá por los inicios del siglo III a.C. , las tierras y las personas que habitan lo que hoy llamamos Cataluña están ligadas a la suerte de lo que hoy conocemos como España y entonces se denominó Hispania. Emporion (Ampurias), Tarraco (Tarragona) y Barcino (Barcelona), son testigos excepcionales de ese pasado común que nos convirtió a todos en provincia de Roma. Después fuimos todos asimilados a los visigodos y sometidos por los musulmanes. La Edad Media no se entiende sin los condados catalanes y la Corona de Aragón, fundamental para la expansión comercial (de productos de toda la Península) y política en el Mediterráneo; no digamos la formación del Estado moderno con Fernando de Aragón como uno de sus artífices principales. Que el primer monarca borbón de España impusiera unos decretos de corte centralista, después de una larga guerra, no anula muchas otras medidas favorables a Cataluña tomadas desde el Estado; es el caso del Reglamento de Libre Comercio, también impulsado durante el reinado de los borbones, que permitió a Barcelona y a otros muchos puertos españoles comerciar con América.

En definitiva, como en cualquier relación humana, podemos unos y otros elaborar un memorial de agravios o afrontar con objetividad y sin prejuicios cual ha sido nuestra historia común y qué pretendemos hacer con ella en el futuro. Tirar por la borda 23 siglos de convivencia sin al menos una reflexión seria descargada de prejuicios es, cuanto menos, irresponsable. Si además esa ruptura se pretende hacer en clave guerracivilista y de «liberación» de un supuesto pueblo oprimido por España la irresponsabilidad se convierte en operación suicida. Por eso todos los españoles tenemos derecho a decidir sobre una realidad que es común desde hace al menos 23 siglos.

Teresa García-Noblejas