Aquí donde me ven, y es un dato que he mantenido inédito hasta hoy, he tenido la oportunidad de conocer en persona a la mismísima Bibiana Aido, ministra del Gobierno del Reino de España.

 

El inolvidable acontecimiento ocurrió hace algo menos de un año en Caixa Forum de Madrid, en un encuentro organizado por Europa Press. Allí todo el mundo hacía la ola y se arrastraba ante doña Bibi. La presentación (que no recuerdo quien hizo) y las referencias a su expediente académico me impresionaron; la jovencísima ministra era, según el presentador, nada menos que doctora en Económicas. «Qué ojo tiene el presidente de Gobierno», me dije, «para detectar nuevos valores, auténticos JASP de la política y la Universidad».

 

Después de dos o tres teloneros a mayor gloria y alabanza de doña Bibi, se produjo la más esperada intervención de la tarde. Me llamó la atención que no agradeciera las presentaciones; supuse que estaba acostumbrada y se le había pasado. Aunque quizá le daba un poco de corte responder a tanta loa.

 

A continuación, en un tono firme, tirando a dogmático, hizo un discurso que, en mi ignorancia, me pareció que superaba varios pueblos el feminismo clásico. Básicamente vino a decir que el modelo productivo en el que nos habíamos asentando tenía que desaparecer: que el esquema hombre-productor y mujer-cuidadora se había acabado. Ahora todos los cuidadores debían ser contratados; y hombres y mujeres (no recuerdo si citó, como hubiera sido lo correcto en una ministra de Igualdad, los cinco géneros que, independientemente del sexo biológico, dice Zerolo que existen), todos a producir. Luego, mucha verborrea sostenible (o el pésimamente traducido «sustentable»), una visón ultramaterialista de la vida y de la sociedad. Y todo leído.

 

No me quedé al coloquio. Estaba medio mareada. Caí en la cuenta de que el ministerio de Igualdad tenía una pretensión orwelliana: según Bibi ya nadie puede cuidar a otro (padre, madre, hijo, abuelo, tío, primo, amigo…) de manera gratuita. Va contra la igualdad (es fruto de una sociedad patriarcal que nos ha oprimido hasta ahora) y contra la economía (porque impide crear nuevos puestos de trabajo).

 

Ya en casa caí en la tentación de consultar en Internet el currículo de Bibiana. Había una contradicción entre lo que leí y lo dicho en la presentación. Según Internet, el doctorado en Económicas de Aido en realidad era «asistencia a cursos de doctorado». Total, por un verbo no pasa nada.

 

Ahora toda España ha descubierto que el fuerte de Aido no es tanto la economía como la oratoria, esa fineza de insinuar sin explicitar, una arte al alcance de las más exquisitas sensibilidades que solo entienden de buen gusto y metáforas. Sin olvidar su altura científica, que esa si que impresiona. Igual-da.

 

Teresa García-Noblejas