espigas

Eran las nueve de la mañana y Svetlana ya había cumplido la primera hora y media de su trabajo cotidiano. Empezó por lo que más detestaba: los urinarios del instituto siempre eran una verdadera porquería. ¿Lo harían esos chicos a propósito con la absurda intención de hacerle a ella el trabajo aún más amargo?

Veinte años llevaba ya limpiando en Madrid. Evidentemente aquel trabajo no podía proporcionar un mínimo de alegría o plenitud, simplemente tenía que ganarse la vida para comer ella y su hijo Pawel. El padre se había quedado allí, en Polonia. Cuando ella le dijo que llevaba una criatura suya en el vientre decidió esfumarse: hasta ese instante preciso llegó el amor, tan fugaz como embustero, de aquel hombre. A Svetlana le ofrecieron la “solución” de abortar a la criatura. Ella lo consideró como una posible puerta de salida de aquel infierno que comenzaba a ser su vida, pero nunca pudo aceptar la idea de eliminar a ese niño. Jamás se hubiera perdonado el hecho de disponer de aquella vida incipiente.

Aquella mañana de Enero se le estaba haciendo especialmente dura a Svetlana. No podía aguantar más la angustia y el vacío que diariamente la sepultaban en vida. ¿Para qué todo esto? ¿Cuándo fue la última vez que se sintió amada? Con la memoria tenía que remontarse a la niñez en la que su madre la acurrucaba en los brazos mientras le hacía la señal de la cruz en la frente al calor de la leña que su padre había cogido en el bosque. Pero él nunca la había besado ni acariciado como su madre; nunca oyó de sus labios lo que ella le susurraba antes de dormir: «Svetlana, amor mío, ¡Cuánto te quiero! ¿Sabes que daría la vida por ti?»

Mamá murió cuando ella tenía quince años y no pasaron más de nueve meses cuando Papá desapareció sepultado en aquella diabólica mina donde destrozaba su pobre vida. Y luego el embarazo, y después la huida del que le dijo que la amaría hasta la muerte.

Veinte años después de todo esto Svetlana está en Madrid. ¿Cuándo habría sonreído por última vez? La respuesta le venía en forma de recuerdo dibujando en su mente la figura de su madre acurrucándola, con ese amor que parecía venir del Cielo. Pensaba todas estas cosas mientras una lágrima empezaba a caer en la acera de la puerta del Instituto donde trabajaba limpiando. En ese preciso instante pasaba una maestra con un grupo de niños de unos nueve años que emitía un ruido ensordecedor. Seguramente iban de excursión.

El último de todos pasó frente a Svetlana justo en el momento en que su amarga lágrima resbalaba por su mejilla en dirección a la acera. En ese preciso instante Jesús- así se llamaba el niño- se paró en seco a dos palmos de ella. Al principio la miraba con rostro serio, pero inmediatamente su gesto se tornó en una feliz sonrisa; tan dulce que Svetlana dudó por un instante si ese niño no sería realmente un ángel. Es como si Jesús, con esa mirada tan dulce, abrazara esos últimos veinte años de calvario de la mujer. Unos segundos bastaron para que ella tuviera la absoluta certeza de que ese niño la había amado como nadie lo había hecho desde su madre.

Con sus ojos el niño la invadía con ese amor inconfundible que hace que uno se sienta querido porque sí, sin ningún otro motivo. Al final de ese minuto eterno se produjo algo parecido a un éxtasis en Svetlana cuando Jesús le secó la mejilla y con sus dos manitas cogió la cabeza de la mujer hasta acercar su frente a los labios. El tiempo se paró mientras la besaba en la cabeza y en el corazón con aquella dulzura inefable. Ella sintió como si tantos años de sufrimiento hubieran compensado con tal de vivir ese minuto eterno con tan bendita criatura.

El niño se había descolgado del grupo y la maestra le llamó desde la otra acera. Jesús salió corriendo sin mirar y al instante de pasar el coche a toda velocidad su cara sonrosada se tornó en color marfil. Sus ojos penetrantes se vaciaban por momentos mientras agonizaba durante unos pocos segundos que parecían una eternidad. Svetlana lo abrazaba contra su pecho como si con aquel gesto le pudiera devolver toda la vida que ese niño le había regalado pocos minutos antes.

En el suelo había un cuadernito infantil que se había caído del bolsillo del pantalón del niño. Ella pensó que no debía coger aquello sin que estuviera su madre presente, pero no pudo contener el impulso. Es como si hubiera adivinado que en esas hojas escritas con letras infantiles se escondiera una parte del secreto que a ella le había devuelto la vida.

Cuando tres días después de la muerte de Jesús Svetlana se atrevió a leer el cuadernito descubrió que estaba lleno de dibujos y frases cortas: «Jesús mío, si yo pudiera alegrar un poco a todos los que están tristes en este mundo»; «Dios, dame un poquito del sufrimiento de Sebastián, mi compi de pupitre; desde que su papá se fue de casa ya nunca quiere jugar en el patio». Pero cuando leyó la siguiente página, lo que estaba escrito estalló en el corazón de la mujer: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere no produce fruto y queda infecundo». Debajo del texto evangélico Jesús añadió: «Jesús mío y Dios mío, yo quiero dar también frutos de mucho amor como Tú en la cruz».

Y Svetlana prometió solemnemente a Dios que jamás volvería a entristecerse por considerar que su vida era una tragedia sin sentido. Deseó con todo el corazón que jamás se malograra la semilla de amor y paz que aquel niño- Jesús- había depositado en su corazón.

Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo
los amó hasta el extremo

A todos los miembros de Profesionales por la Ética que entregan gratuitamente su vida por la defensa de la vida del ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, por la libertad de Educación de los Padres, por el servicio al Bien Común.

Miguel Ángel Ortega

Profesionales por la Ética

Semana Santa 2.010