Esta mañana María ha decidido madrugar; era de noche todavía cuando nos hemos levantado y, a pesar de lo mal que me sienta, lo cierto es que cuando es aquí, medio perdidos en La Mancha, me gusta mucho tener la oportunidad otra vez de ver despertar la vida.

Según amanecía han empezado a aparecer las gallinas en torno a un charco que se forma, en cuanto caen 2 gotas, justo delante de la ventana, al lado del granero. Y he vuelto a contemplar, entusiasmada, una de mis escenas de campo preferidas.

La vi por primera vez en circunstancias idénticas hace ya varios años cuando era alguno de los mayores el bebé que decidía madrugar: andaba por allí una gallina rodeada de 5 polluelos jugueteando y cuando, por casualidad, pasaban por donde daba la sombra del granero o del portalón, antes de que pudiese darme cuenta desaparecían bajo las alas de su madre que se quedaba quietecita hasta que el avanzar de la mañana movía la sombra y se quedaban al sol otra vez, entonces, como azuzados por un resorte, salían otra vez y seguían jugando.

Y comprendí la ternura de Dios: «Con sus plumas te cubre y bajo sus alas hallas refugio». Salmo 91.

Leonor Tamayo