Desde el terrible atentado yihadista de París han llovido los comentarios, análisis y valoraciones de lo sucedido. Muchos de ellos se han centrado en si uno es o no es Charlie Hebdo. La verdad que entrar en ese debate con los asesinados de cuerpo presente no me parece elegante, independientemente de que a mí el humor ofensivo no me gusta ni nunca me vaya a identificar con él.

Más allá de la condena del asesinato y de la mejora de la situación, lo sucedido en París nos sitúa frente tres debilidades que, en mi opinión, constituyen el meollo de la cuestión y ponen de manifiesto la vulnerabilidad moral europea:

  • Secularismo y olvido de las raíces. Como bien afirmó Benedicto XVI en su célebre discurso de Ratisbona, «una razón que sea sorda a lo divino y que relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas».La fe, las creencias, para la mayor parte de la intelectualidad europea, no existen o son objeto de desprecio o de burla. En el ámbito civil, en diciembre de 2011 el primer ministro británico, David Cameron, exhortó a sus compatriotas a vivir los valores cristianos y un año antes la canciller alemana, Ángela Merkel, aseguró que «el problema en Alemania no es que hubiera mucho islam sino poco cristianismo». Y como los vacíos tienden a llenarse, los jóvenes europeos se dejan atrapar por los radicalismos y las ideologías y los convierten en referente. Ahí tenemos a los 3.000 europeos alistados en el Estado islámico.
  • Debilidad respecto al islam. En un libro absolutamente recomendable, 100 preguntas sobre el Islam (Ediciones Encuentro, 2003), se entrevista al jesuita egipcio Samir Kahalil Samir. Este cuenta que el arzobispo de Esmirna, monseñor Giuseppe Bernardini, le refirió lo que le había dicho una destacada personalidad musulmana: «Gracias a vuestras leyes democráticas os invadiremos; gracias a nuestras leyes religiosas os dominaremos». Con esto no pretendo estigmatizar a todos los musulmanes ni mucho menos perseguir emigrantes. No tengo ninguna duda del carácter pacífico de muchos creyentes del islam, que me merecen el máximo respeto y que también están siendo masacrados por el yihaddismo. Y es que además de las políticas de seguridad y defensa, son imprescindibles alianzas diplomáticas y políticas culturales occidentales y con el islam moderado.
  • Indiferencia hacia la libertad religiosa. Siendo este un derecho fundamental, es sistemáticamente vulnerado en muchos países del mundo, también en Europa aunque de manera sutil. Pero los occidentales seguimos considerando que la persecución a las minorías religiosas, especialmente de los cristianos, es un problema regional y lejano que no nos afecta, por mucho que nos duela. Y más recientemente, el arzobispo de Mosul ha afirmado: «nuestros sufrimientos hoy son el preludio de los que ustedes, europeos y cristianos occidentales, también sufrirán en el futuro cercano». He recordado estas palabras al conocer al atentado de París. La defensa eficaz del derecho universal a la libertad religiosa implica, por ejemplo, exigir reciprocidad en lo relativo a centros de culto o aplicando, si es necesario, sanciones diplomáticas y económicas a los estados que no respeten los derechos de las minorías.

Ojalá sucesos como el de París sirvan también para afrontar la fortaleza moral y cultural de Europa y la definición y afirmación de sus valores fundamentales. Porque solo con fuerzas de seguridad y ejército no derrotaremos al radicalismo islámico.

Teresa García-Noblejas