niñamar
Acabo de terminar de leer un libro que os recomiendo a todos, seais padres o no, «Hablemos de sexo con nuestros hijos», de la Dra. Nieves González Rico. Todo el libro está regado de consejos y ayudas prácticas pero también de reflexiones preciosas. Una de ellas es esta:

Si una adolescente se ha quedado embarazada por un incidente sufrido con el método barrera, la conclusión que se extrae es la siguiente: «Entrenemos a los más jóvenes a utilizar bien la contracepción. Así evitaremos estas situaciones» Si partimos de una premisa falsa es imposible llegar a una conclusión acertada.

Se quedaron embarazadas porque decidieron vivir libremente un acto que encerraba esta posibilidad y…¡sucedió!. Los actos humanos tienen consecuencias y el coito puede transmitir la vida. Parece algo obvio que se nos ha olvidad. No se educa para hallar el sentido y el valor último de la realidad ni para descubrir esta dimensión de la persona, tan bella, profunda y envolvente como es la sexualidad. No educamos en responsabilidad, lo que significa dar un sentido a los actos y asumirlos. Más bien, la sociedad trata de inventar una “goma mágica” que borre el rastro, las huellas de nuestros pasos.

(…) Pero llega un momento en que esa «goma mágica» no puede seguir cumpliendo su función. Los actos en la vida tienen consecuencias. La persona guarda en su mente y en su corazón el recuerdo de lo vivido, a veces, escondido en lo más profundo de su ser, protegido por fuertes defensas inconscientes, pero real de igual manera.

También estos días he estado buceando, muy a mi pesar, por varias de las guías de sexualidad propuestas por el Ministerio de Igualdad o por algunas Consejerías de Sanidad, por ejemplo esta:

http://www.donesenxarxa.cat/lacarlotaparladesexe

y no dejaba de acordarme de la «goma mágica».

Cuántas heridas profundas se están haciendo en los corazones de nuestros hijos, heridas que nunca llegan a cerrarse del todo y que no sabes en qué momento se volverán a abrir, heridas que acaban destrozando una vida si no hay algo realmente sólido y fuerte que la sostenga cuando empieza a tambalearse.

No hay «goma mágica» que pueda borrar un alma rota a los 12 años y una inocencia pisoteada. No hay «goma mágica» que pueda devolverte lo que te robaron cuando eras todavía una niña.

Y cuando aquello que se escribió pensando que podía borrarse te sale al paso, nadie puede aliviar el dolor, sólo Dios sabe hacerlo, acariciando muy despacio las heridas, empapándolas de amor y cubriéndolas de ternura, pero hay que dejarle que lo haga y aceptar que, de todas formas, seguirá escrito para siempre.

Han asesinado el brillo de la alegría y de la inocencia en millones de ojos adolescentes, pero eso ¿a quién le importa?

Leonor Tamayo