La reforma de las enseñanzas mínimas  de Educación para la Ciudadanía (EpC), llevada a cabo por el Gobierno de Rajoy a través del Real Decreto 1190/2012, de 3 de agosto, no ha dejado satisfecho a nadie. Y es que, como hemos denunciado desde que se publicó la mencionada reforma,  mantiene prácticamente intacto el carácter adoctrinador de la materia escolar creada en la legislatura de Zapatero. Los retoques  –aunque positivos–  se han quedado sólo en la superficie.

Este es también el punto de vista de los empresarios de la Asociación Madrieña de la Empresa Familiar – AMEF, que, a través de sus informes anuales «Empresas y empresarios en Educación para la Ciudadanía», lleva desde 2009 realizando una seria y valiente denuncia ante la opinión pública sobre cómo una parte muy significativa de los libros de texto de EpC transmiten a los alumnos una visión negativa del libre mercado y de la propia actividad empresarial.

Estos días el Director de dicha asociación empresarial, Antonio Barderas,  ha vuelto a referirse a esta anomalía a través de una columna publicada en el diario económico Expansión bajo el título «Empresarios y libros de texto: ¿reforma?».

«Desde el punto de vista de la visión que se transmite de los empresarios  –subraya Barderas–, la reforma de los libros de Educación para la Ciudadanía, introducida por el RD 1190/2012, ha dejado las cosas casi como estaban, limando algunos aspectos, pero consintiendo otros que no tienen explicación y que son prueba de cómo se sigue envenenando, tergiversando y desorientando a muchísimos niños con visiones o concepciones que no tienen base objetiva alguna y que sólo buscan consolidar viejos “dogmas” que están más que desacreditados por la historia y sus hechos».

«Los resultados de esa reforma son, a la vista de los cambios introducidos, francamente decepcionantes. Los libros siguen llenos de pólvora ideológica, y de falsedades patentes sobre cuestiones centrales en una democracia moderna: la función del poder político, lo que son los sistemas económicos, los sindicatos, las empresas, el papel de los empresarios, y otras cuestiones así de decisivas».

Transcribimos a continuación el contenido íntegro de dicho artículo.

 EMPRESARIOS Y LIBROS DE TEXTO: ¿REFORMA?

Antonio Barderas Nieto, Director de la Asociación Madrileña de la Empresa Familiar – AMEF

(Expansión, 9 de noviembre de 2012)

A pesar de la terrible crisis económica en la que estamos, sigue a diario, en libros y medios, la descalificación del empresario, a quien se presenta con insistencia como una especie de sanguijuela social que vive de la sangre ajena. Ese estereotipo es de raíz muy vieja y viene, casi siempre, de concepciones que consideran al dinero como algo innoble. En el s. XIX hasta se calificó al empresario de representación moderna de lo demoníaco. Canción que sigue su “hit parade” incesante en los medios, en unos más que en otros, y en los libros, en éstos de una forma casi invariada desde que AMEF alertase de cómo se estaba emponzoñando la mente de los escolares españoles.

 De hecho al empresario ya casi no se le llama con ese nombre. Se le ha “reconvertido” en una esencia más edulcorada: “emprendedor”. Que, por lo que parece, a los oídos de niños y adultos suena menos peligroso. El empresario-empresario, como el café-café, resulta demasiado fuerte: suena a lobo. Por el contrario, el nuevo empresario-emprendedor suena, o se intenta que suene, a ciudadano “virtuoso” que, con sacrificio e inconvenientes, inicia, pone en marcha, inventa cosas. Este emprendedor viene a ser, a los ojos de esos textos, como una nueva forma de artista. Y se lleva a cabo todo ese transformismo como si entre ambas palabras o términos hubiese alguna diferencia. Pero no la hay. Empresario quiere decir exactamente lo mismo que emprendedor. Y no hay ninguna diferencia ni de significado, ni de función, entre las dos ideas. La única diferencia consiste, ciertamente, en las gafas mentales que tienen en sus cabezas los que usan de forma “interesada” los dos términos para demonizar a uno (el empresario) y travestir al otro (emprendedor) en una especie de candoroso monje creador.

 Cierto que, en nuestra sociedad, al empresario pequeño, al recién nacido, se le ve con mejores ojos que al grande y con una cierta simpatía social, pero eso es solo una apreciación y valoración transitorias. Durará lo que dure la ilusa consideración. Basta con que, con tesón y esfuerzo, ese pequeño empresario vaya ganando tamaño para que se acabe esa condescendencia. Entonces ya no será el vistoso y admirado emprendedor, se le convertirá enseguida en el empresario tiburón. Porque, para entrar en la categoría de empresario, cuenta un único criterio: ganar mucho dinero. Cuando se gana mucho, ese “exceso” de ganancia se convierte automáticamente en sospechosa. Mejor dicho, en culpable. Esa es la alquimia social con la que nos encontramos. La transformación del triunfo económico en depravación.

 Quizá sea conveniente recordar que el capitalismo es un sistema económico que, con todos sus defectos, ha logrado lo que no logró ningún otro sistema: proporcionar una situación de aceptable bienestar a un enorme número de personas. Propósito que ha sido, desde la Antigüedad, un rompecabezas fundamental de las sociedades. Y, en ese punto, quien ha aportado más soluciones al bienestar de los ciudadanos ha sido la economía de mercado. Del capitalismo podría muy bien decirse lo que Churchill dijo de la democracia parlamentaria: que es el peor sistema de los existentes, excluidos todos los demás.

 Nada de toda esa creación de riqueza hubiera sido posible sin un actor que la llevase a término: el empresario. Evidentemente no es autor único. Nadie sensato niega la importancia y valor, enormes, de los trabajadores, que con su esfuerzo, lealtad y capacidades han sido determinantes del progreso. Una honra que ningún empresario les puede negar. Pero lo que no se puede admitir es que, en la misma tirada, se desacredite al otro polo de esa dualidad, el empresario. Las sociedades, como ya explicó Schumpeter, se componen de grupos anhelantes de protección y de grupos anhelantes de invención. Los empresarios aportan el espíritu de iniciar, de arriesgar, la inconformidad de la creación.

 Así que, lejos de ser ese sujeto amoral que pintan estas nuevas versiones del cuento del lobo contra Caperucita, el empresario es el depositario de valores que son absolutamente imprescindibles para las sociedades: el empuje, la osadía, el riesgo, la exploración. Sin ellos, las sociedades se fosilizarían. Un empresario es un creador de organismos vivos (la empresa). De trabajo. De bienestar y posibilidades. De profesiones y profesionales que, a través de las empresas, logran capacitarse y desarrollarse laboralmente. En una palabra, crea como el científico, el escritor, o el artista.

 Desde el punto de vista de la visión que se transmite de los empresarios, la reforma de los libros de Educación para la Ciudadanía, introducida por el RD 1190/2012, ha dejado las cosas casi como estaban, limando algunos aspectos, pero consintiendo otros que no tienen explicación y que son prueba de cómo se sigue envenenando, tergiversando y desorientando a muchísimos niños con visiones o concepciones que no tienen base objetiva alguna y que sólo buscan consolidar viejos “dogmas” que están más que desacreditados por la historia y sus hechos.

 Los resultados de esa reforma son, a la vista de los cambios introducidos, francamente decepcionantes. Los libros siguen llenos de pólvora ideológica, y de falsedades patentes sobre cuestiones centrales en una democracia moderna: la función del poder político, lo que son los sistemas económicos, los sindicatos, las empresas, el papel de los empresarios, y otras cuestiones así de decisivas.

Descargar el Informe 2011 de AMEF «Empresas y empresarios en Educación para la Ciudadanía».

Descargar el Informe de Profesionales por la Ética «Educación para la Ciudadanía en España. 20 cuestiones controvertidas»