imagesPues sí, ando inquieto, que quieren que les diga. Me desayuno, por un lado, con la propuesta de dos supuestos bioéticos de Melbourne para que se considere equiparable el aborto postnatal al prenatal. En su lógica brutal (y consecuente, diría yo), si los supuestos de malformación o enfermedad grave y otros similares permiten «eliminar» el problema en los últimos meses del embarazo, nada, desde un punto de vista ético y científico, obstaría para «eliminarlo» en los primeros meses de vida fuera del útero de la madre. ¿Acaso no es algo consensuado en las democracias occidentales que mientras no se es autónomo y completamente desarrollado (y el recién nacido no reune ninguna de ambas facultades) no se es plenamente persona? ¿Pues entonces, dónde está el problema? La única diferencia sustancial es el aire en los pulmones, al fin y al cabo. Y unos días de nada de desarrollo no van a fastidiarnos toda una vida, dirán ellos.


Poco después me entero de que ya existe la unidad móvil «eutanásica» circulando en Holanda. La eutanasia sobre ruedas (me viene a la memoria ahora la fantástica película primera de Spielberg El diablo sobre ruedas, cosas que tiene la memoria) permite al sistema holandés de eliminación de los desahuciados saltarse los incómodos obstáculos que la falta de decisión de las familias y la pejiguera conciencia de los facultativos ponen a su benefactora acción. Y ahora acuden al domicilio del anciano o enfermo terminal (y al de cualquier otro suicida que dé la suficiente lástima, supongo). Los holandeses mayores y con enfermedades terminales, que estaban dejando de acudir a los hospitales, tendrán que salir del país si quieren seguir vivos hasta que Dios quiera. No se lo pierdan: el servicio lo da la homónima de nuestra asociación Derecho a Morir, y seguro que sin ánimo de lucro alguno.

El desasosiego que va calando en mi alma termina de revolverme el estómago hasta la náusea. Leo ahora aquí que una mujer de Cádiz, angustiada por la dificultad para engendrar, se somete a un tratamiento para engendrar in vitro a sus hijos. En torno a la semana 20 del embarazo descubren que uno de los gemelos que espera padece una cardiopatía grave. Y cuando, tras su decisión de eliminar el hijo insano, el ginecólogo se encuentra con los dos niños cara a cara, resulta que no termina de ver claro de cuál se trata. ¡Resulta que los niños tienen la manía de moverse (lo sé bien, tengo siete)! Tras una ecografía que le devuelve a su seguridad científica, ni corto ni perezoso, atravesó con su fina, larga y hueca aguja, a través de la barriga al supuesto gemelo enfermo para paralizar su desarrollo, e «interrumpir el embarazo» de dicho feto (en castellano, lease matar). La operación era a todas luces un éxito, hasta que se dieron cuenta de que habían cometido un «error»: el muerto era el sano, y el enfermito seguía vivo. Pocos días después eliminan definitivamente al hermano vivo, Y la mujer ha denunciado el caso al defensor del paciente. Seguro que este paladín de la justicia mete en la cárcel a la mujer y a su marido y al médico por parricidio.

Mi propuesta: tenían que habérles dejado nacer. Hubiera sido mucho más fácil distinguir al enfermo del sano, y no cometer el fatal error. Y después haberles enviado al «muertemóvil» para quitarles de la faz de la tierra a todos.

Lamento el tono del escrito. Sé que el humor negro no es aceptable para abordar estos asuntos, pero no soy capaz de abordarlo por escrito de otra manera. Nuestra civilización se está desintegrando si estos planteamientos son aceptados moral, social y legalmente. Cuando la eliminación del enfermo se plantea como opción lícita, y una madre se permite a sí misma la distinción entre hijos en términos de «utilidad». Si el asesinato del débil, del ínútil, del diferente, del gravoso, no se persigue como la más aberrante conducta inhumana, sino que se definde como ética y científica, entonces es que este mundo merece morir. Que Dios se apiade de nosotros.

Fabián Fernández de Alarcón