Como es sabido, Italia se ha conmocionado al conocer el caso de un intercambio involuntario de embriones en un proceso de reproducción asistida. Lo cuenta, entre otros medios, ABC:

El pasado 4 de diciembre seis mujeres se sometieron a una terapia de fecundación asistida: les fueron extraídos óvulos que fueron fecundados en el laboratorio con el semen de sus respectivos maridos y después se los implantaron. A primeros de marzo, una de las mujeres, embarazada de tres meses con dos gemelos, acudió al hospital Santa Ana de Roma para hacerse una villocentesis, una prueba de diagnóstico prenatal para identificar si hay alguna enfermedad o anomalía cromosómica y como consecuencia alguna patología genética, caso por ejemplo el síndrome de Down.

Fue entonces cuando la señora embarazada se llevó la sorpresa de su vida: en los fetos que crecían en su vientre no había material genético ni de ella ni de su marido. Los gemelos no eran, por tanto, sus hijos biológicos. El matrimonio fue víctima de un error fatal, pues los embriones se intercambiaron y recibieron los de otra pareja. Seguramente a causa de un cambio de probetas que tenían inscritos apellidos similares.

Más allá de las causas y errores que hayan podido producirse en este caso en particular, la realidad es que a los usuarios de técnicas de reproducción asistida se les suele vender bien esta técnica para que logren satisfacer el deseo de tener un niño con sus características genéticas. Pero se les ocultan aspectos cruciales como los siguientes:

  • No es un proceso natural sino artificial, por lo que entran en juego probetas y manos humanas susceptibles, como es lógico, de equivocarse.
  • Para que, como resultado de esta técnica nazca un niño, se dejan varios hermanitos (embrioncitos) en el camino, desechados por no cumplir los estándares de calidad necesarios.
  • Los embriones que no se implantan (denominados sobrantes) pero tienen los estándares de calidad se conservan en nitrógeno líquido a bajísimas temperaturas  y su destino es incierto. En teoría, esperan que sus padres den la orden de descongelarlos para implantarlos en el útero materno pero no siempre sobreviven al proceso, así que es posible que nunca lleguen a nacer. En otros casos, los padres pueden donarlos a otra mujer (con o sin pareja) o a la ciencia para la investigación. Como no existe una estadística transparente y actualizada del número de embriones congelados que hay en los centros españoles, que quieren que les diga, más vale que no sometan a su pequeñín al proceso de congelación.

Si además una se entera de lo que ocurrió en Rusia en julio de 2012 cuando aparecieron en un bosque cuatro recipientes de plástico con 250 embriones humanos; o lo que pasó en el Hospital de La Paz de Madrid en 2013 cuando al menos 172 embriones congelados fueron destruidos de manera involuntaria, se le quitan las ganas de introducir en nitrógeno al bebé.

Y esa es la realidad. Y eso es lo que no le cuentan a la madre o a los padres que acuden ilusionados a la cínica. De los incumplimiento flagarantes de la legislación española en materia de reproducción asistida y del enorme negocio que genera esta práctica hablaremos otro día.

Teresa García-Noblejas